Clasificación:
NC-17 Avisos: Slash relaciones h/h.
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Marcel Gucci era un joven licántropo cuando tuvo que viajar súbitamente a los Carpatos. Tendría cerca de 19 veranos cuando identificaba los cuerpos de su hermano y su cuñada, junto con la reducida comitiva, entre los que se incluían la pareja Simonne. Marcel salió de la Toscana una fría mañana de otoño y el clima de la Bohemia le pareció sobrecogedor, sus imponentes desfiladeros y los extendidos valles le dejaron sin respiración. Pero en realidad, lo que le quitó el aliento fue ver la cara de su hermano, que mostraba un rictus de dolor a causa del uso de magia oscura. La desolación le llego de pronto. Resultaba injustificable que un lobo que había luchado tanto por la unificación de los clanes y que había hecho un viaje tan largo para contactarse con algunas manadas salvajes de Rumania, fuera atacado y torturado por magos. Esos, los llamados Caballeros de Walpurgins, eran los peores. Defensores de la pureza de sangre, se habían convertido en opresores de los seres mágicos. Su contacto con los clanes de lobos había sido a través de la ilusoria promesa de que serian liberados del yugo del Ministerio y que correrían libres, sin tener que medirse ni en sus instintos ni en su fuerza. “No tendrían que esconderse, sino que serian libres” Pero aquello era una utopía y una trampa, los magos oscuros buscan, no liberarlos del Ministerio, sino anexarlos a sus filas para atacar a otros magos y a los humanos. Eso era una de las advertencias que llevaba Raphaelo a los clanes de los Carpatos. Marcel súbitamente tuvo que hacerse cargo de muchas cosas y dejar de ser un joven lobo despreocupado y tomar responsabilidades de la noche a la mañana. La primera era asegurar los cuerpos y que fueran enviados a la brevedad a la Toscana. Pero el inclemente clima de la Bohemia cerró el paso por varias noches y les recluyó en ese apartado castillo que hacia lustros había visto mejores épocas, sin embargo era abrigable y les resguardaba del frió y la nevada. En ese compás de espera, llorando en silencio por un apartado pasillo, se encontró con uno de los propietarios del castillo Mediasch, quien le miraba desde la penumbra, sin atreverse a acercarse. Los sollozos terminaron súbitamente cuando el olfato de Marcel le indicó que no estaba solo y que uno de sus anfitriones ya deambulaba por sus propiedades. -Lo siento. La tormenta no nos ha permitido
salir antes…-dijo Marcel a manera de disculpa por continuar en el
castillo, ya entrada la noche. Marcel pretendió retirarse, pero el vampiro le indicó que pasara a lo que supuso seria su despacho y le ofrecería algo de beber. Lo que al lobo le pareció un vino afrutado, de gran cuerpo y con un intenso sabor a ciruela. -“Slivovitz”….-le dijo
que se llamaba….-no hay nada que se le compare. Marcel miraba de soslayo a su inusual anfitrión, vestido de una sobria levita de terciopelo oscuro de donde sobresalían los blancos puños de encaje de su camisa. Era elegante y sus rubios cabellos caían sobre su cara con un desarreglo que le daba cierto aire de encanto y travesura. Su piel, pálida por la escasa luz no era menos tersa, ni suave. Enmarcaba en si mismo la belleza etérea de los buscadores de sangre y la delicadeza de un cirio en la noche. El vampiro reconoció y aceptó la curiosidad de que era objeto por su invitado, llevando en silencio su licor a sus labios. El lobo era joven, aun no reconocía todas las etiquetas de las buenas costumbres, pero era evidente que era un lobo de estirpe, al cual no le fue fácil sondear en sus pensamientos, ya que una vez que le tuvo cerca, hizo un muro y le impidió la entrada, protegiendo sus sentimientos.
Cuando Marcel abrió de nuevo los ojos y respiró mas tranquilo, Krone pudo entonces admirar sus hermosos ojos grises y deleitarse con sus oscuros cabellos ligeramente ensortijados que enmarcaban su tostada piel mediterránea. Por unos segundos Krone imaginó como debería saber esa piel tostada que ha recibido el sol y que transpiraba bajo sus rayos. Nostalgia, de algo que nunca tuvo. -¿Hay algo mas en que pueda ayudarles?...-preguntó
Krone levantándose. Marcel dejó el despacho, retirándose a las habitaciones asignadas. Pasó la noche entre sollozos y duermevelas, preocupado por el futuro incierto, de cómo le diría al lobezno de Luciano que sus padres habían perecido y que no volvería a verles. Intentó dormir, pero no lo logró, por lo cual se levantó, deseando correr y se transformó para salir por los pasillos hasta encontrar una puerta de acceso a los patios del castillo, donde corrió en círculos hasta que los músculos se rindieron y avanzó lentamente de vuelta, todo bajo la mirada atenta de su anfitrión que se mantuvo distante por lo que quedaba de esa noche. Unos días más y la tormenta no retrocedía. El tedio fue una de las constantes, sin tener mucho que hacer y fue en esos días cuando las inusitadas pláticas de su anfitrión le reconfortaban. Era evidente que Krone le llevaba más años, por aquellos eventos que relataba y Marcel no pudo dejar de admirar a esos etéreos moradores de la noche. De costumbres nocturnas, a Marcel le resultó fácil congeniar con su anfitrión. Aunque cuando caían en cuenta, recordaba el motivo de su presencia en el castillo. -¿Quién se hará cargo
de los cachorros?...-preguntó en tono neutral Krone, quien luego
se dio cuenta que era inoportuna tal pregunta. Krone se sentó en frente suyo, cruzando una pierna sobre la otra, en un desenfadado movimiento y observando a su invitado, del cual no podía dejar de ver su tostada piel. Desde que lo conociera, no había podido dejar de preguntarse por su sabor. -Tendrás a “alguien”…-preguntó,
sondeando. Su anfitrión se levantó al escuchar la última frase y se acercó a su joven amigo, tomando sus manos, acariciándolas. -Eres digno vástago de los Gucci, encontraras la forma. Marcel sintió un súbito bochorno, al notar sus manos retenidas, mientras el dueño de la mirada rubí, no dejaba de sonreírle dulcemente. Había escuchado que eran seres fríos y carentes de emociones más allá de sus propios intereses. Pero contrario a la creencia, su anfitrión buscaba reconfortarle y hacerle pasadero su dolor. Hasta podría decirse que un corazón latía con más fuerza de lo normal en ese etéreo y sobrenatural cuerpo. En un necesitado impulso se dejó abrazar y reconfortar. Todos esos días había llorado en silencio e intentado mantener el temple del nuevo jefe del clan. Había sido él quien daba las órdenes ahora y quien debía dirigir los destinos de su familia. Por unos minutos quería olvidar y que el dolor cediera un poco. Lloró, humedeciendo la chaqueta de su anfitrión, quien le abrazó, protegiéndole y siendo una tabla para salir a flote. Marcel había escuchado viejas historias, donde decía que los vampiros eran seres seductores y fascinantes, llenos de una sutil magia, con la cual envolvía y cautivaban a sus presas. Fue entonces cuando su “lobo interno”, se dio cuenta que no era muy prudente dejarse envolver así y fue retirándose poco a poco, ante la mirada atenta de Krone, quien secaba las lágrimas de la cara de toscazo y en un inusitado acto las llevó a sus labios. Eran saladas y eso le trajo el recuerdo del mar. -Te he molestado demasiado por mis tonterías…-terminó
de secarse rápidamente la cara Marcel e hizo el intentó
de levantarse. Krone levantó su cara para que el lobo le viera o mejor dicho para él verlo mejor. Simplemente le era fascinante. No podía creérselo, encontraba hermoso a ese lobo. Como si no fuera complicado que fuera macho, también era de otra especie. Para rematar además un lobezno. Rozó sus mejillas lentamente con sus largos dedos y en otro acto sin sentido, le dio un trémulo beso en la mejilla y se levantó. -Deberías dormir, Marcel. Debería dormir, eso era lo que tendría que hacer, se dijo, pero en verdad se fue a su cuarto y se dejó caer sobre la mullida cama, donde paso las horas en duermevela de nuevo, ahora con una extraña sensación en su cuerpo. La idea de que su anfitrión era en demasía amable con su persona y que no le molestaba el hecho, sino al contrario. Se llevó la almohada a la cara, no pudiendo creer que encontraba a un vampiro macho atractivo. Si fuera un hembra, los motivos serian comprensibles. Eran seductoras y lujuriosas en su mayoría. Pero dejarse fascinar por un macho era para quitarle el sueño a cualquier lobo que se diera a respetar. Pasado el mediodía siguiente, el temporal amainó y consideraron pertinente empezar a moverse para trasladar los cuerpos y dejar el castillo Mediasch. Faltaban horas para que la luna despuntara y no quería irse sin despedirse de su amable anfitrión. Pero era seguro que él dormía o eso creyó, hasta cuando uno de los criados le indicó que su amo le pedía que pasara a sus habitaciones antes de irse. A esas horas, esa sección se encontraba protegida por los gruesos cortinajes y la oscuridad requería que pequeñas antorchas iluminaran el camino. Se paró en la puerta que le indicaron y al abrirla, la amplia habitación solo se alumbraba con la chimenea a medio encendido. Se ubicó rápidamente y encontró a su anfitrión aun en la cama con doseles. -¿Ibas a irte sin despedirte?...-escuchó
detrás del dosel. Una delicada y pálida mano abrió
el cortinaje y le indicó al lobo que se acercará. Marcel
lo hizo y se sentó a un lado de su anfrition, quien se encontraba
desnudo del pecho y su cabello suelto, esparcido sobre la almohada en
total desorden. El lobo tuvo que resoplar bajito ante ese espectáculo. Pero las obligaciones le llegaron de súbito e intentó levantarse para despedirse, pero su anfitrión le retuvo de la muñeca. -Espero que algún día nos
veamos de nuevo…-alcanzó a decir el lobo. En ese momento al toscano, le pareció obvio y necesario, intentar alcanzar la boca de Krone y besarla, mandando al diablo aquello de que eran machos de diversas especies. Pero los dedos de vampiro se lo impidieron, siendo un escudo entre ambas bocas y con ellos, Krone delineó los labios de Marcel, para llevárselos a sus propios labios, ante la mirada gris de sorpresa. -Eres un lobezno, juguetón….-le
dijo Krone y Marcel se liberó de su agarre lentamente. El toscano no supo que decir, pero era obvio que era una elegante forma de salir del paso ante la situación tan fuera de lugar. Marcel se inclinó, volvió agradecer sus atenciones y se despidió de su pálido anfitrión, quien no tuvo más remedio que dejarle ir. Cuando Marcel madurara un poco más, cuando fuera dueño de su destino, quizás entonces le terminaría de seducir. Le dejo ir, pero no le perdió la pista. Supo que al volver al Clan, se hizo cargo de los cachorros, a quienes terminó cuidando como hermanos. Que además, tomó las riendas del negocio familiar y que buscaba mantener los delgados lazos con la comunidad mágica, que vivía en esa época el terror de los magos oscuros. Fueron días sombríos, que súbitamente aclararon con la desaparición de su cabecilla en manos de nada menos de un niño mago, quien habían vivido aun después de un ataque de consideraban fulminante. La noticia se esparció rápidamente por la comunidad mágica y días de tranquilidad se esparcieron lentamente por todas las campiñas. Los cachorros de Marcel crecieron bajo sus tutela, aunque se llevaban tres años, retozaban igual, hasta que fue necesario reafirmar su educación y no tuvo mas remedio que ponerlos bajo el cuidado de un entrenador, de quienes Jacob aprendió rápidamente las técnicas de milicia, sabedor de su herencia y del compromiso que tenia con la familia que le dio resguardo y manutención. Decidiendo por cuenta propia que seria el protector del heredero Gucci, de la misma manera que su padre lo había sido anteriormente. Krone supo además, que el cachorro de Raphaelo era indomable como el solo y que desde muy joven era un quebradero de cabeza para su tío, pero aun así, Marcel le contuvo y lo disciplinó. E increíblemente, lo hizo solo. En todo ese tiempo, nunca tomó hembra, alegando que ya tenia demasiado problemas con la finca, los cachorros, el clan, como para anexar una compañera a su lista. Era una fortuna tener servidumbre fiel y manos que ayudaban a cargar, cuidar y jalar las orejas a los cachorros. Cuando Krone volvió a verlo, habían pasado cerca de 7 años. Aunque su toscano amigo, seguía manteniendo correspondencia con él y se enteraba de los pormenores de su vida, había decidido dejarle ser, que respirara su juventud y su bullicioso temperamento, hasta que un día fuera un vino reposado y maduro. Por que sabía que así, lo disfrutaría mejor. En una de sus andanzas fuera de los Carpatos, decidió que era hora de ver de encontrarse a Marcel y cuando lo vio de nuevo, transformado, corriendo por las campiñas de su villa y volver sudado, refrescándose en el patio con cubetadas de agua fresca sobre su piel tostada, tuvo que hacer un gran esfuerzo para no abalanzarse sobre ese cuerpo que palpitaba y sobre el cual había pasado los veranos de forma cautivadora. Fue el gruñido que Marcel le dedicó, al oler a un ser de la noche, dentro de su villa, que le hizo reír hasta que el toscano lo reconoció. -Sabia que eras un “vrolok”
de campo, pero bañarte en el patio con una cubeta… ¿no
es algo, extremoso? Fue entonces que Marcel calló en cuenta que estaba desnudo y se separó de su visitante, para cubrirse con sus prendas dejadas anteriormente en el patio. Todo, bajo la atenta mirada de su pálido amigo, quien no dejaba de apreciar las definidas líneas del cuerpo del lobo. Magro, delgado, pero con excelente tono muscular, propio de los lobos. -Podías haber dicho que venias…-le
increpó el italiano…-en tu última carta, decías
que ibas a Finlandia. La hacienda de los Gucci, era una villa amplia y espaciosa, llena de suaves colores y muebles mediterráneos de excelente gusto. Krone no pudo dejar de notar que los colores Burdeos dominaban en la decoración. Los “cachorros de Marcel”, como les llamaban, eran dos jóvenes, cercanos a la adultez. El heredero Gucci, tenía unos ojos violeta intenso y una mirada descarada. Una vez que el jefe del clan, le presentó al visitante, ambos miraban sorprendido aquel ser que representaba a una de las familias con las cuales ellos tenían relaciones y otro de los seres de la noche. -Este es Luciano, mi sobrino. Le sonrió descaradamente y se lamió los labios, gesto que no pasó desapercibido para ninguno de los tres. Jacob le jaló el cinturón, Marcel lo miró sorprendido y Krone sonrió divertido, por el precoz lobezno. -¡ ¿Qué?!...-gritó
Luciano cuando Jacob buscaba llamar su atención. Lo hizo de mala gana, pero de acercó al invitado, extendiéndole la mano y reteniéndola. -Le veré otra noche… ¿cierto? La risa le duro poco, por que un par de gritos indicándoles irse a dormir volvió a oírse al pie de la escalera. -Ese cachorro me sacara canas…-dijo
Marcel al volver, mientras le ofrecía a su invitado algo de beber.
La risa de Krone, hizo girar la vista de Marcel hacia su invitado. -No te rías, es serio. Marcel gruñó bajito, dando un largo trago a su vino. -No tengo remedio, ¿verdad? Años
sin vernos y lo primero hago es platicarte mis problemas. Krone sonrió, dejando su copa y enfrentando la mirada gris que le cuestionaba. -Tenía negocios en Finlandia. Italiana no me queda de paso, pero es cierto que recordé las contadas ocasiones que me haz mencionado que la Toscana era preciosa en esta época. Y quise constatarlo…-pasó sus largos dedos, por encima de la mano de Marcel, quien cerró los ojos ante el contacto, pero luego la retiró. No iba a dejarse seducir una vez más por ese etéreo vampiro. Era su naturaleza, se dijo. Aunque era evidente que su encanto no pasaba desapercibido. Unos minutos atrás, hasta el mismo Luciano, estaba coqueteando con él. Krone enredó un mechón del cabello ensortijado de Marcel en su dedo, jugueteando con el, mientras su mirada rubí, veía al lobo que tenia a un lado. Había crecido, tanto en edad como en estatura y los rasgos de su cara, mostraba su carácter reservado y hasta un poco adusto. -Sonríe un poco, Marcel. Anda, sonríe para mí. El mejor recuerdo que podía llevarse Krone era la dulce sonrisa del toscano, que disfrutaba sus pláticas mundanas, sentado en la loseta del suelo, mirando el cielo estrellado, bebiendo lentamente una copa de vino. Le agradaba recordarle así, descalzo, con el cabello ensortijado, respirando acompasado cuando le pillaba mirándole a través del cristal de su copa. -Eres hermoso, lo sabes de sobra…-le
confesó Marcel. La mirada rubí lo escudriñó una vez más y Marcel tuvo que evadir su mirada, hasta que se acercó demasiado a su cara, tanto que casi rozaba sus labios. -No, no tengo una. Estoy esperando a que
un lobo madure. Marcel se levantó, sacudiéndose el polvo del suelo. -Pronto amanecerá. Krone no volvió la noche siguiente y ni las posteriores. Una carta con un sello laqueado, le informó después que iba camino a Finlandia y que esperaba seguir contando con su amistad. A esa carta siguieron otras, mensuales, puntuales, llenas de detalles y memorias. Así como Marcel, le platicaba sobre su villa, los cachorros que ya estaban en Roma y de los descaros de Luciano, por ser modelo y dedicarse a todo, menos a los intereses de la villa. En cada carta, Marcel terminaba oliéndola, reconociendo el aroma intenso de Krone en ellas, así como la delgada y ondulada letra, con la cual le narraba sus viajes. Las llevaba a su pecho y se dormía soñando con sus hermosos ojos. Hacia unas semanas atrás, que varios clanes se habían estado poniendo en contacto, tanto lobos, como vampiros, eran los principales interesados en los nuevos eventos que se estaban suscitando. La aparente paz estaba llegando a su fin, indicando que un periodo de transición estaba en camino. -Los rumores son ciertos…-anunciaba
uno de los miembros de los clanes franceses….-ese que llamaron los
magos un día el “innombrable”, ha vuelto aparecer.
Su magia oscura le contuvo al final. No tiene un cuerpo propio, parece
que es un parasito, aun.
-Te han pillado, Marcel…-la voz
de Krone le sorprendió. No esperaba que se presentara en la junta. Dio un trago más a su bebida. Ya habían pasado mas 12 años de conocer a Krone y las esporádicas visitas que le hacia, no mitigaban la soledad que sentía ni la nostalgia por un buen amigo. Así, que cuando lo vio esa noche de nuevo en la villa de su casa, no le sorprendió mucho, por que ya le había comentado que lo haría. Lo que si le resultó sorprendente, confuso y hasta emocionante, fue ese beso fugaz con el cual el etéreo vampiro decidiera por fin rozar sus labios. Le vio desvanecerse en la oscuridad y se quedó con el sabor dulzon del vino de sus labios. Delineó sus propios labios con su mano, sintiéndose hasta estupido por no haber respondido. Pero después de tantos años, era algo que ya no esperaba, mucho menos de Krone, a quien siempre había supuesto que jugaba al seductor con él, pero nada mas. La escena entre ambos, no paso desapercibida para un par de ojos, que tampoco dormían a esa hora en la villa Gucci. Jacob miraba por la ventana de su cuarto, antes de irse a dormir. Reconoció al amigo del Clan. No era común además, que Marcel se viera con otros seres, en sus aposentos, los asuntos de los clanes siempre los resolvía en su despacho. Encendió un cigarrillo y se puso a observar gran parte de la escena e igualmente se sorprendió por la acción del vampiro. Quizás fueran amigos íntimos, se dijo. Pero también se dijo que eran un estupido, cuando los ojos de Marcel le reconocieron. Debió ser el olor a tabaco, que llamara la atención de jefe del clan, que técnicamente se lo tenía prohibido en la villa. Cerró su ventana, apagó su cigarrillo y espero a que la noche pasara, para que todo se olvidará y se viera con otra perspectiva. Pero los tres golpes en la puerta de su cuarto, le hizo saber a Jacob que tal cosa no iba a pasar. Respiró y se levantó del lecho, abriendo la puerta y dejándole pasar. Marcel caminaba de un lado a otro del cuarto, sin atreverse a preguntar que tanto había visto o que era lo que pensaba que había visto. -Si me dices que pasa….-inicio Jacob. Un silencio y unos minutos después,
entraba Luciano, a medio vestir con el pantalón del pijama únicamente,
mirando ambos. Jacob abrió la ventana de nuevo y encendió un cigarrillo. -Sabes que no le gusta que fumes, aquí.
Los ojos violetas de Luciano miraron burlón a Jacob, luego sorprendido y después preocupado. -¿De quien hablas? Marcel se sentía estupido, no entendía por que había ido al cuarto de Jacob a reclamarle. La verdad era que no podía reclamarle, ya que no lo estaba espiando, se encontraba en el balcón de su recamara, donde mas de una persona podría haberlo visto. Tenía más de treinta años y se sentía un jovencito de nuevo, al cual confundían con halagos y al final le dejaban solo deseando más.
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