|
Clasificación:
NC-17
La
mayoría de los personajes de esta historia son propiedad de la
historia mitológica japonesa. El poema inicial pertenece a la obra
de Shinishi: “Poemas del samurai ciego”. Los poemas intercalados
son Haiku japoneses, algunos son anónimos, otros no. |
Cáp. 1 El susurro de cerezo
I
Hasame corrió por la vereda que llevaba a su casa, demasiado tiempo había pasado caminando por el bosque y la tarde refrescaba ya. Su casa, separada del villerio, contaba con una espaciosa entrada de madera, donde los criados ocupaban sus horas en lustrar y darle esa apariencia tan regia. Era un día feliz, sin duda, tenia 5 años con 5 meses y como se estipulaba la costumbre, era el momento en que su padre había prometido concederle su primer sable corto, sin afilar, un kodachi y debería de comenzar a acostumbrarse a llevarlo siempre con él. Cualquier otra cosa tendría que ganárselo por si mismo. Era un inmenso honor el que le hacía su padre. A partir de ahora dejaba de ser un niño para convertiste en todo un aprendiz de Samurai, con futuro brillante por delante, una vez que estuviera dispuesto a aprender y a trabajar. Y Hasame lo estaba desde lo más profundo de su corazón. Se arrodilló a la entrada de su casa, dejando sus chancletas en la entrada, acomodando su ropa, mientras su madre Otami, le recogía rapidamente su cabello negro que traía debajo de la nuca y le sonría dulcemente, mientras el niño con su mirada de zafiro recorría la habitación para ubicar a su padre y ponerse de rodillas, inclinando ligeramente el cuerpo en señal de respeto. Su padre Akeshi estaba frente a él, solemne e imponente como era natural en su persona, aun así le sonrió dulcemente. Era su pequeño Hasame, nacido en la vieja etapa de su vida y agradecía a los dioses la presencia de ese niño de ojos extraños que le fue concedido y que germinará en la época en que los cerezos florecían bellamente por sus tierras. El anciano Samurai aparentaba mucha menos edad de la que realmente tenía, solo su larga cabellera blanca y unos ojos llenos de sabiduría rebelaban su verdadera edad. Su armadura en el salón, dejaba constancia de su poderío. Akeshi había luchado mil batallas y formado a cientos de Samuráis y por fin hoy iba a instruir a su propio hijo. Un acontecimiento que llevaba esperando desde hacia mas de 5 años. En sus manos sostenía la pieza de madera para su hijo, que podía llegar a convertirse en un defensa que debía usarse con sabiduría. Hasame debía entender que lo más importante de un Samurai no era su arma, sino su sabiduría y su honor. Empezaría
con eso, el largo camino, donde todas las mañanas se levantaba,
junto con otros niños de la aldea, antes de salir el sol a cumplir
con un sin fin de actividades y ejercitarse, en ese tiempo vio pasar en
un parpadeo el cambio de las estaciones y cuando se dio cuenta, 3 otoños
llegaron a la puerta y el camino se llenó primero de flores y luego
de nieve y mientras veía como la copos caían graciosamente
por el sendero, su mano se entretenía con un largo pincel y una
hoja de papel arroz, donde su caligrafía lenta y torpemente al
principio escribía la palabra cerezo, hasta que un día,
en los primeros brotes de las nuevas hojas indicaban una nueva primavera,
escribía mas elegantemente:
Entonces tenía más de 15 años y tanto su cuerpo como su mente se habían entrenado, para portar ahora una katana. Pero no todo su entrenamiento había sido rígido, hubo momentos en que pensó que era un juego en la forma en que su padre y Tokomu, el fiel sensei, le enseñaban el dominio de su cuerpo para el combate, el uso del sable y el tiro del arco a caballo, logrando que en varias ocasiones los ejercitaran en un coto de caza, para demostrar con orgullo lo aprendido. Además estaban en resto de chicos de la aldea, quienes al principio podrían decir que lo trataban con cierto respeto por ser el hijo del samurai y también por que no decirlo, por el inusual color de ojos azules que tenia y que fue motivo al principio de recelo, luego de bromas y al final de deseo Nunca pudo decir propiamente que tuvo amigos, por que entre su callada persona y las muchas horas que dedicaba a su entrenamiento, no logró acercarse demasiado a ninguno y sin saber por que tampoco parecía importarle mucho, porque encontraba en el ejercicio de la caligrafía y la lectura mucho esparcimiento. Era un jovencito solitario en esa enorme casa, donde aparte de los criados, la gente de confianza y sus padres nadie mas habitaba y aunque su madre era una mujer dedicada a él, poco a poco fue reduciendo su presencia, cuando los entrenamientos aumentaron y cuando la salud de su madre se hacia delicada. En ocasiones sola la veia por las tardes y ocupaba esas horas para leerle y cepillar su largo cabello negro, mientras le contaba como las hojas se movía por el campo, el ruido del viento por el bambú o la tranquilidad de los campos de arroz en la mañanas. Su madre le gustaba los detalles, así que esas horas a su lado se convertían en su forma de narrarle a ella, aquellas cosas simples que ahora no podía disfrutar. Luego un día, llegó Ranmaru Osakura, pariente de un viejo amigo de su padre, quien después de presentarse e instalarse se convirtió en un vendaval en la casa. De presencia delgada, espigada, de ojos marrón claro y un cabello de un caoba lustroso, tenia la mirada insolente y una descortesía que rayaba en la grosería. Le enviaban para que el viejo samurai Akeshi le diera disciplina, por que aunque su manejo con las armas era bueno, su espíritu estaba dominado por la rebeldía, decía la carta del viejo amigo. Cosa que puso en aprietos a todos, quienes no sabían como tratarle, porque a primera instancia estaban desconcertados, por la belleza tan etérea y delicada, que no correspondía con lo que decía la carta, además nunca habían entrenado a una mujer, en el arte del combate. Hasta el momento en que Ranmaru, se despojó, ante la sorpresa de todos, de su traje de viaje y les mostró, que era un varón al quedar con el dorso descubierto, para sorpresa del anciano sensei. Así que sin más preámbulos Ranmaru fue instalado en la casa del samurai, un cuarto al lado de Hasame, quien había estado toda la mañana entrenando en el bosque y desconocía la llegada del joven a su casa. Pero no tardo ni lo que el agua hierve para el té que en darse cuenta de la etérea presencia, quien al principio le vio de arriba abajo, como si fuera de la servidumbre, quizás por que venia sudado y con polvo del camino y de hecho le arrojó su kimono de viaje para que lo limpiaran y lo dejara listo para la cena. Hasame solo levantó del piso la prenda, por que era una descortesía que las cosas estuvieran en el suelo, para entregárselo en sus manos. -No se quien eres, pero no tienes ningún derecho a ensuciar mi casa y mis pisos. Si necesitas que este limpio, lávalo tu –le dijo, indicándole claramente que era el dueño de esa casa, no uno de los sirvientes. Ranmaru le sonrió con un desplante nato de quien se sabe seguro de si. -Soy Osakura, del clan Odai. Soy un invitado en tu casa –y le devolvió el kimono –manda a un sirviente a que lo laven para mi –dio la vuelta y deslizó su puerta, ante la mirada de total sorpresa de Hasame. Primero por que le habían dado una orden, como si fuera un lacayo y por que esa etérea presencia era un varón, cuando inicialmente pensaba que era una malcriada doncella. Ambas cosas le dejaron tan desconcertado como cuando se perdió de niño en el bosque, no sabia que hacer, así que camino con el kimono en la mano, hasta que se encontró a alguien a quien dárselo y para que cumpliera su trabajo, mientras él se tomaría un baño y luego le preguntaría a su padre que estaba sucediendo. Después de quitarse el polvo del día, ocupó la tarde a leerle a su madre y contarle los pormenores de su día. -Sabes
Madre, hoy el día ha sido particularmente cálido, las mariposas
han estado muy inquietas hoy, todo el campo ha sido testigo de su vuelo. Salió lentamente del cuarto de sus padres y se dirigió a la estancia principal, donde ya se encontraba su padre, algunos de sus amigos, el viejo Tokomu y en el otro extremo del fuego se encontraba su bello invitado, quien mantenía la vista puesta en el fuego con aire de total aburrimiento hasta que vio llegar al joven y sentarse. Entonces sonrió e inclinó la cabeza, aunque no podría saberse si era para dejar claro que lo había confundido con un sirviente o que le daba gusto verle. Así que Hasame supuso que era en son de burla, por las confusiones eran por ambas partes o mejor dicho de muchas, su madre pensaba que era una linda jovencita, de hecho él mismo pensó que era una chiquilla mimada. Pero lo más desconcertante era que, según su madre, practicaría con ellos en el dojo y le resultaba difícil imaginar que esa linda presencia, por que no podía negar que era bello, tuviera alguna habilidad con la espada, el bastón, aunque quizás lo fuera con el arco. Sabia de mujeres que lo usaban, aunque se fajaban para evitar que los pechos les estorbaran, pero en su caso debía tener un pecho liso, supuso….aunque con tanta ambivalencia era mejor esperar cualquier cosa. -Hijo,
siéntate. Voy a presentarte a Ranmaru Osakura, sobrino del viejo
Okurawa….se unirá a las prácticas con la espada. Hasame sonrió ligeramente y se concentró en su tazón, mientras veia subirle los colores al joven que era evidente que jamás le habían llamado la atención de ese modo y hacia un gran esfuerzo por no levantarse y dejarlos con la palabra. Los días siguientes, esa pequeña ofensa al sensei, le costó a Ranmaru horas extras de trabajo, donde no le dejó usar la espada y le mando hacer los trabajos menores que era destinados a los aprendices y sin contar que le hizo entrar al barro y llenarse su cara de porcelana de lodo y lo mantuvo a la intemperie por horas ejercitándose. Pero jamás se quejó. Pero también el sensei y su grupo de estudiantes aprenderían rapidamente que no deberían fiarse de la apariencia frágil y etérea del joven, por que una vez que le permitió incorporarse a los entrenamientos y le dio un bastón de madera, les hizo revolcarse en el mismo lodo y les dejó los huesos bastante molidos. Era un jovencito con mucha experiencia y más fuerte que lo que aparentaba. El sensei tuvo que aceptar que era un buen candidato para samurai. Hasame también aprendió de que no por el hecho de que viviera en su casa, significaba que era ni simpático, ni cordial, por que una vez que llegaba, desaparecía de su vista y en ocasiones cenaba en silencio. De hecho no recordaba su voz, salvo la ocasión del kimono y la respuesta al sensei, después de eso, desconocía todo de él. Ni siquiera sabía la razón por la cual era invitado a su casa y mucho menos cosas triviales, solo deslizaba rápidamente su puerta y desaparecía de su vida, hasta el día siguiente, donde nuevamente se ejercitaba y se entrenaban, lo ignoraba a él, de la misma forma que al resto de sus compañeros. Quizás las cosas hubieran seguido así indefinidamente, si no fuera por las primeras lluvias del verano, que se indicaron su presencia en una noche oscura y con una serie de relámpagos que iluminaron la casa a medianoche. Hasame vio primero la luz, luego el sonido retumbar un par de veces y luego desaparecer, para posteriormente dar paso a la lluvia que se escurría por las paredes rapidamente haciendo un tamborileo constante y armónico, pero esa noche fue diferente. Primero por que después de los relámpagos, tuvo la idea de que escuchó un grito quedo, que luego desapareció, mas tarde creyó escuchar quejidos, que le hicieron imaginar que alguien lloraba, para mas tarde estar seguro que eran sollozos. Alguien sollozaba y lo hacia quedamente intentando apaciguarlo y era a un lado de su cuarto. Se levantó, poniéndose su bata salio al pasillo y estuvo seguro entonces que era del cuarto de Ranmaru. Pensó en darse la vuelta e irse a dormir, pero algo más poderoso que él, le hizo deslizar la puerta lentamente y acercarse al pequeño futon para saber que sucedía. Lo cual era evidente, el chico cubierto con su manta, lloraba quedamente. Hasame, no sabia que hacer. Así que puso su mano en su hombro y empezó a cantar suavemente una canción de cuna que su madre aun le cantaba. No sabia si eso serviría o si eso era adecuado, pero a él le funcionaba. Su madre lo abrazaba, le empezaba a cantar y era muy abrigador y reconfortante. Por lo cual, lo obvio, abrió la manta y se metió al futon para abrazar el cuerpo de Ranmaru, quien al sentirlo, se hizo ovillo a su lado y apretó sus manos junto a las suyas. -¡No
me gusta la lluvia! –le dijo en un sollozo Quizás esa seria, la primera demostración de amistad de Hasame a un desconocido. Antes de salir el sol, el joven se deslizó de entre las mantas y el tibio cuerpo para ir a su propio futon, para intentar dormir un poco más, pero en realidad no pudo hacerlo. Aun tenía la sensación del tibio cuerpo de Ranmaru y su olor a cerezos.
|