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Clasificación:
NC-17
La
mayoría de los personajes de esta historia son propiedad de la
historia mitológica japonesa. El poema inicial pertenece a la obra
de Shinishi: “Poemas del samurai ciego”. Los poemas intercalados
son Haiku japoneses, algunos son anónimos, otros no. |
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Cáp. 2 No hay palabras II
La temporada de lluvias llegó puntual ese año y fueron el motivo inicial para que Hasame entrara a tranquilizar al joven Ranmaru, cuando sus ahogados gemidos lo despertaran la primera noche. Después aunque el joven invitado en su casa, reprimiera esa angustia, era evidente que era algo que le atormentaba. Sin embargo Ranmaru solo mostraba esa debilidad en esos momentos, por que una vez que el sol acariciaba los altos árboles de bambú y los jóvenes iniciaban sus entrenamientos, nada en su cara reflejaba ni su llanto ni la angustia de horas pasadas. Hasame veia la linda máscara de porcelana que era sus facciones. Pocas veces reflejaba algo, ni cuando el entrenamiento era rígido o cuando el resto de chicos intentaba bromear con él para ganar su atención. Por que Hasame terminó por darse cuenta que Ranmaru era una linda grulla en medio del humedal y mas de un par de ojos lo veían de arriba abajo con algo mas que curiosidad y si la vista no le engañaba era deseo en mas de uno. Eso era algo para lo cual Hasame quedo increíblemente sorprendido. Podía notar las miradas de sus compañeros sobre el etéreo chico y en ocasiones sintió él mismo subir algo desde la parte baja de su abdomen e instalarse por segundos. Pero apartaba rapidamente esos pensamientos para concentrarse en los ejercicios y el agitar de su espada al aire. La
tercer noche, los relámpagos incrementaron y el sonido esperado
de Ranmaru no llegó, por lo cual pensó que por fin el invitado
a su casa había aprendido a controlar ese temor, pero minutos después
cuando la naturaleza no quisiera dar por terminado el espectáculo,
escuchó el ligero desliz de la puerta y la suave sombra del chico
en cuclillas junto a su futon, y Hasame solo levantó su manta y
sintió el tibio cuerpo hacerse una vez mas ovillo junto a él
y sin pensarlo mucho susurraba una canción de cuna pidiendo a sus
antepasados aplacar el aire y hacer la lluvia un gentil goteo sobre la
tierra. Su voz era suave, sin prisa, solo suficiente para que el tembloroso
cuerpo del jovencito se relajara y el sueño llegará a él.
Pero al igual que en otras ocasiones, antes de la salida del sol, cada
quien estaba en sus propias mantas. Fue en algún momento, quizás entre un entrenamiento y otro, o en algún receso para comer que notó la mirada de Ranmaru sobre él. Algo fugaz fue una leve sonrisa que hizo amable y bella su porcelana máscara, pero huidiza como las gotas bajando por las hojas de los árboles, sin poderlas detener. Sin darse cuenta, empezó a sentirse ansioso de que sus ojos se posaran en él por más tiempo, que les mostrará a los demás que su linda presencia era dirigida a su persona. Sin embargo los deseos frívolos no siempre se ven complacidos, rezaba una vieja enseñanza, que escuchará alguna de las cocineras. Y en ese caso era verdad, Ranmaru lo ignoraba con la misma elegancia con la cual empuñaba su katana y se concentraba solo en sus movimientos, alejándose de distracciones. Los días pasaban tan lentamente, mientras que esas noches de lluvia eran tan cortas, una vez que el tibio cuerpo estaba a su lado. Por que sin saber como, Hasame rogaba porque una noche de lluvia y trueno, algo que le diera el motivo para ir al cuarto de Ranmaru o que él viniera al suyo. En esas noches, poco se decían en verdad. Hasame cantaba suavemente y el sonido acompasado de la respiración del chico a su lado era a lo que recibía, pero eran bienvenido como esas gotas gordas de agua que mojaban los campos y saciaban la tierra. Fue por ello que se sorprendió tanto cuando días después encontrará a Ranmaru, después de los entrenamientos, sentado a la orilla del riachuelo, viéndose en el reflejo de las aguas, mientras acicalaba su cabello, que no pudo dejar de acercarse a él. -¿Fascinado
con tu propio reflejo? -preguntó Hasame suavemente. Esa respuesta lleno de sorpresa al aludido joven, quien ahora veia levantarse a Ranmaru y llegar frente a él, con tal gracia, como si no tocará el suelo y el aire lo sostuviera. -Tú eres tan bello Hasame, que es increíble que tu mismo lo ignores. Eso sin contar que la belleza de tu alma, que te brota por los poros y no requiere pavonearse. Te agradezco que la muestres ante mí y me dejes recrearme en ella. El joven hizo una leve inclinación, aceptando el cumplido como si fuera una afirmación sobre que tan bien batía el sable o mantenía la guardia o atinaba al blanco, pero su corazón latía desbocadamente cuando la máscara de porcelana de Ranmaru fue retirada por unos segundos para dar cabida a la sonrisa mas bella, nítida y dulce que halla visto hasta esos días y le dejó ir, como el viento que entra rápido a tu casa y la llena de una suave fragancia y te deja el alma repleta de añoranzas. Pero esa noche no hubo lluvia, tampoco truenos. Ni pretexto para ir de un cuarto a otro. Por mas que Hasame rogó a los antepasados, no llovió y las horas se hicieron largas y dio vueltas sobre sus mantas hasta que no pudo contenerse mas y salio de ellas. Deslizó su puerta y en el pasillo encontró a Ranmaru en cuclillas, con la mirada en los tablones de madera, incapaz de articular palabra. Pero no era necesario, Hasame le extendió la mano y lo invito a entrar. No había pretexto para la canción de cuna, así que en silencio entraron en las mantas, Ranmaru le dio la espalda y Hasame le abrazó, mientras pasaba lentamente sus dedos por su cabello y ambos dormían minutos después, como si fueran gemelos que ocuparan acompasar el ritmo de sus corazones y sentirse uno. Pero la primera claridad de las mañana le indicaba a Hasame que de nuevo estaba solo entre las mantas y que un nuevo día de entrenamiento aparecía en el horizonte, así que se puso de cuclillas y después de una meditación rápida a Kamisama y ajustarse los cordones de su pantaloncillo salió. Quizás ese día de entrenamiento no fuera diferente de los demás, se dijo, pero eso era algo que él mismo no esta preparado para entender. Mucho menos cuando fue testigo, pasada la tarde, que entre varios de sus compañeros se confabulaban para intentar domar al silencioso Ranmaru y casi lo logran, teniéndolo contra el suelo, mientras tres de ellos le aprisionaban. Quizás no hubiera intervenido si considera aquello justo y el chico tuviera su katana en la mano, pero de alguna manera le habían despojado de ella y pasaban sus manos de forma indecorosa y burlona. La escena fue algo que le colmó lo sentidos y se desató como una presa rota, haciendo soltar golpes certeros primero con sus manos y luego con el kodachi, hasta que las manos de Ranmaru estuvieron libres para luego defenderse por si mismo. Después de eso, ya no tuvo que intervenir más, ya que desatado el bello tigre, no paro hasta quedar colmado y los dejo el suelo mientras les advertía que no volvieran a tocarle o lavaría su honor con la sangre de alguno de ellos. Los tres en el suelo, no sabían como el vendaval había caído sobre ellos y solo tuvieron tiempo de arrodillarse cuando se dieron cuenta de la presencia de Hasame. Ninguno antes había visto el brillo homicida que se reflejaba en su cara y como el azul cristalino de sus ojos, presagiaba negros nubarrones y uno de ellos inclinó la cara hasta ponerla al suelo. Habían ofendido la casa de Mitsuhide, al agredir a un visitante de su casa, compañero de su clan y sobre todo haberle puesto las manos a la dulce presencia de Ranmaru. Sus bocas se llenaban de disculpas, que en ese momento a Hasame le parecen faltas, ya que mas de una vez les había visto mirar descaradamente al invitado de su casa y por algunos segundos su mano se puso tensa ante su espada y empezó a deslizarla por la funda, pensando que un tajo suave limpiaría la ofensa a la cual incurrieron contra su casa, pero sobre todo contra su persona. Fue la voz del sensei gritando su nombre, que hizo que la espada no centelleara e inclinó la cabeza en señal de respeto, pero no dejo ver al trío contra el cual tenia una ofensa que cobrar. Detalló ante el anciano lo sucedió y la voz de éste se volvió dura e inclemente gritándoles irse a sus casas, hasta que el jefe del clan Mitsuhide, decidiera su destino. Esa misma noche, después de las aclaraciones de lo sucedido, su padre Akeshi escuchaba silencioso alrededor de la hoguera. Hasame estaba molesto, ya que el sensei justificaba de alguna manera lo sucedido, argumentando que la presencia de Ranmaru era una distracción para los jóvenes y que era posible que el joven diera algún motivo para la ofensa. Era evidente que el sensei no quería perder a tres chicos por uno, por muy habilidoso que fuera. Hasame empezaba a decir que aquello no era justo y la mano en alto de su padre, le indicó que no debía ni levantar la voz ni perder la compostura y se dirigió al sensei para exigirle que mostrara la prudencia que su edad exigía. Si los jóvenes se habían dejado influenciar por la belleza de Ranmaru, era que no estaban preparados para el camino del samurai, ya que existían cosas más atrayentes en los senderos que una cara de porcelana y ordenó diez latigazos a cada uno de ellos, en forma pública. Nadie ofendía a un invitado a la Casa Mitsuhide. El sensei inclinó la cabeza en señal de obediencia y se retiró sin hacer ningún ruido al caminar en la pulida madera de la estancia. Por unos minutos Padre e hijo continuaron alrededor de la hoguera. La noche era cálida y en el cielo lucían las estrellas como luciérnagas en un estanque y la Luna llena brillaba esplendorosamente -Hijo mío…- la voz de Akeshi sonaba grave, relajante y penetrante como las caricias de una madre…- hoy has sido testigo de algo importante, que el sendero del samurai esta lleno de contratiempos y recovecos. Haz superado la trampa invisible que tienden los fantasmas del miedo. Por que haz defendido lo que esta dentro de tu casa, aunque eso no te pertenezca y lo haz hecho contra aquello que se han dicho amigos de ella. Algo que es difícil hacer. Me alegra que hayas defendido a nuestro invitado, aun contra las propias ideas de tu maestro. -No
me parecía justo, lo que sucedía. Ranmaru no es muy sociable,
pero no merece que se le trate así. -Madre.
¿Por qué el color de mis ojos, son tan diferente? –preguntaba
Hasame, mientras con un pequeño peine de concha deslizaba lentamente
por las larga cabellera de la delicada mujer La dejo dormida y se despidió de su padre que aun leía, para luego dirigirse sin esperar mas a la habitación de Ranmaru, llevando en sus manos varios aceites, vendajes y una manta extra y tocó suavemente la puerta mientras esperaba impaciente que le indicaran entrar. La cara de sorpresa de su invitado fue evidente, ya que no esperaba que fuera él quien le llevará lo que solicitara antes a la servidumbre y se inclinó para recibir al hijo de jefe de clan Mitsuhide. Hasame sonrió ante la impertinencia, pero puso la manta extra y le indicó que se acercara, mientras el etéreo joven se ponía enfrente suyo, mientras deslizaba su kimono, y dejaba ver los pequeños moretones que le habían causado, así que solo cerró los ojos y permitió que su anfitrión le pusiera ese aceite a madera que rapidamente le tibio la piel y que los suaves movimientos de las manos del chico friccionaba. -Te
han dejado un par de buenos golpes….-le decía Hasame visiblemente
molesto. Así, frente a frente, de nuevo, aun con la poca luz de la velas Ranmaru notaba el brillo de esos ojos de zafiro que habían empezado a fascinarle. Eran igual de atrayentes que el rió donde se reflejaba, pero estos le devolvían acrecentada su imagen, no distorsionada por el movimiento de las aguas, sino nítida e intensa. Sabía que en ellos había calor, un fuego que podía quemar si se lo propusiera. -Bien,
ya estas listo, ahora podrás descansar….-escuchó la
agitada voz de su anfitrión, mientras tomaba todo y se levantaba
rápidamente, pero la mano de Ranmaru lo detuvo, cuando se posó
sobre su brazo. Hasame pasó su mano suavemente por su mejilla y le sonrió. -Sabes
muy bien lo que ven en ti, tu mismo lo viste en el reflejo de rió.
Eres muy bello. Una sonrisa mas y el joven no podría creer que la luna estuviera dentro de ese pequeño cuarto iluminándolo todo, así que para no quedar sumergido en su tranquila superficie, se levantó, llevándose con él el resto de los enseres, inclinando la cabeza y deslizando la puerta suavemente, mientras las alocadas mariposas aleteaban desesperadas en su pecho. Y no dejaron de hacerlo hasta que mas tarde, un olor a madera le hizo girar la cabeza, sintiendo la cercanía de ese cuerpo que ya se le estaba haciendo familiar. -Hoy
no esta lloviendo…..-le dijo
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