
Maldecido
“Mi
nombre es Remus John Lupin. Soy un licántropo. Fui maldecido hace
muchos años. No con una maldición normal, sino con la mordedura
de un lobo. Una mala jugada del destino, por que en realidad siempre admiré
a esos seres y las noches de luna llena eran mis preferidas. De niño
creía que eran unos increíbles seres de la noche, fuertes,
ágiles y unos depredadores naturales. Llegué a admirarles,
lo confieso cuando cómodamente leía sobre ellos, en libros
antiguos. Y en algunas ocasiones lo hice a la luz de la luna, desde mi
ventana. Pero era un niño, cuya imaginación se desbordaba
ante la lectura y la imaginación, hasta que una noche oscura y
terrible mi vida cambio.
Aún
recuerdo esa noche y sinceramente sigue dándome pesadillas. Es
como pasar por un largo túnel donde los recuerdos quedan atrapados
y se convierten en dolorosos aguijones. Quizás mis memorias estén
ahora un poco reconciliadas con mi entendimiento y no sean tan fieles
como cuando sucedieron y es seguro que existan huecos que no pueda cubrir.
Tendría ya los siete años, empezaba a oscurecer y la neblina
avanzaba, al regresar a casa, después de jugar toda la tarde fuera.
Una leve sensación de angustia que se incrementó cuando
unos pasos se escuchaban detrás de mí. Creo que apresuré
el paso con ligera angustia, pero unos segundos después fui jalado
del suéter y…lo vi.
Su
sonrisa era una mueca, macabra, diría hoy. En ese momento solo
me dejó sin habla. Tenía el cabello esparcido por su cara
angulosa y demacrada, con sus ojos casi saltones que la enfatizaban. Me
retuvo por el hombro, observándome como si fuera una pieza de carne.
Famélico y hambriento, seria la expresión adecuada. Ningún
lamento salió de mi boca, por que tenia tanto miedo. ¡Lo
intenté, lo juro! Pero el sonido se fue de mi garganta y al ver
su largo dedo frente a mi cara, indicándome callar, solo puede
hacer eso. Quizás, pensé, solo quería preguntarme
algo. Quizás, me dije, era solo un vagabundo extraviado. La verdad
me llego muy tarde y sin concesiones.
No
hubo palabras, ni comentarios mordaces, solamente el apretón de
su nervuda mano sobre mi hombro y luego el fuerte agarre de sus colmillos
en mi garganta, apretando, desgarrando sin compasión. ¡Sus
manos me retenían, mientras un fuerte mordisco me hizo palidecer
de dolor!
Creí
que me destrozaría el cuello y moriría. Pero su alma era
demasiada negra para concederme tal favor. Soltó el agarre y me
arrojó como un trapo sobre el suelo, donde caí de espalda,
apretándome el cuello con mis manos, que se llenaron de sangre.
Increíblemente,
en ese momento fue cuando grité. De mi garganta escapó una
exclamación y fue seguida por pequeños gritos, todos de
miedo y terror. Miedo por que ese ser, aun viéndome en ese estado
lamentable solo tenía una mueca grotesca en su cara, como si disfrutara
de tal malsano placer.
Si
hay algo que no olvidaré nunca será esa descarnada mueca
y sus ojos gélidos.
“-Greyback,
recuerdalo. Si no mueres, claro”.
¡Maldito!.
! Era un maldito licántropo que gozó en ese momento con
mi dolor!
Eso
lo sé ahora, años después cuando intentando procesar
ese momento, sobre el cual tenia algunas dudas. Perdí mucha sangre
y mi mente estaba divagando entre el dolor y el terror. Pero seguro estoy
que Greyback lo hizo con todo el dolo que su mente podía concebir.
Matarme era lo más simple, era solo un niño sin ninguna
defensa ante esa bestia, pero solo me transmitió su rabiosa enfermedad
y con ello me maldijo a vivir cada noche de luna llena en pavorosa transformación.
Como
me encontraron mis padres, quienes preocupados por mi ausencia me buscaron
y me llevaron a St. Mungo, es algo que mi mente no recuerda del todo,
solo la mirada angustiada de mi padre y el llanto en la cara de mi madre,
el dolor reflejado de ver a su hijo cubierto de sangre y con una pavorosa
mordedura en el cuello. Me aferraba a ella con la idea de que una madre
puede alejar de sus hijos el dolor con su sola presencia. Y en realidad
lo hizo, por que al tenerla a mi lado me deje desvanecer completamente,
en sus brazos. Agradecido de ser rescatado y alejar de mi presencia a
ese ser que me atacó sin contemplaciones.
Las
horas difíciles llegaron después. Las palabras que medio
entendían, el llanto de mi madre ante algo que yo no comprendía
de todo en ese momento, la negación de mi padre y la mirada atribulada
de los curanderos. Pase varios días así, entre el estupor
de las pociones, el dolor en mi cuerpo y una angustia en mi pecho por
que parte de mí, intentaba procesar lo que sucedía, pero
no alcanzaba en ese momento hacerlo del todo.
Recuerdo
claramente a mi madre un día, ayudándome a vestir para salir
rápidamente del hospital. Me suplicaba no levantar la voz, mientras
salíamos casi a escondidas con la ayuda de una enfermera. No entendía
que sucedía en ese momento, pero las seguí sin preguntar.
Después,
supe que habían desaparecido mi expediente médico para impedir
que fuera registrado como licántropo y con ello marcado de por
vida. Las reglas de Ministerio eran claras, como ahora. Todo infectado
por un licántropo debía ser registrado y controlado. Lo
cual causaba discriminación en el menor de los casos. Por que hasta
esa fecha, la licantropía no tenia cura y ni era posible un paliativo,
como lo es ahora la wolfbane. Lo único que existía era esperar
la luna con temor y ser sujetado a fuertes cadenas.
Mi
familia fue tan devastada como yo. Ellos sufrieron tanto, al ver a su
único hijo con tal bestial marca. Su amor fue tan grande, que no
solo lograron esconderme del registro y la discriminación, sino
que fueron el mayor soporte a mi dolor, al miedo y el temor con el cual
enfrente mi destino.
No
fue fácil, nada fácil en verdad. Ocultarme, curarme y mas
tarde soportar en silencio la que seria mi primera y una de las mas dolorosas
transformaciones. La mas terrible, por que aunque quisieran estar a mi
lado y reconfortarme en esos momentos, tuvieron que encadenarme y aun
cuando cubrieron la habitación con mantas y colchonetas, el dolor
con el cual mi cuerpo se lastimó al cambiar por el efecto de la
luna llena fue pavoroso.
Primero
el miedo, por no poder entender cabalmente lo que sucedía en ese
momento. Mi padre intentaba explicarme que solo seria esa noche y que
volvería a la normalidad, pero yo solo me aferraba a los brazos
de mi madre. La deje ir con mucho angustia, por no saber que esperar.
En
realidad fue espantoso, estar en la oscuridad, sujetado a cadenas, esperando
el momento, hasta que el dolor volvió hacerme presa y mi cuerpo
ya no pudo controlar los espasmos, ni el crecimiento de las extremidades.
Luego la pérdida de conciencia, de no saber que sucedió
en cierto punto. Mentiría si digo que recuerdo a detalle. He hecho
lo posible por olvidar. Olvidar me ha permitido seguir. Sin embargo hay
cosas, que siguen grabadas, como el recuerdo tener a mis padres de nuevo
a mi lado, envolviéndome en una manta, curando después mis
heridas. Lesiones que yo mismo me inflingí en el momento en que
la bestia tomó control de mi cuerpo y no fui mas un humano, sino
un licántropo. Una bestia que seguro aulló a la luna, reconociéndola,
atestiguando que un niño había perdido su humanidad y su
infancia.
Nada,
nada fue igual después de eso. Mis padres en un deseo de protegerme,
me mantuvieron alejado lo más posible de otros niños, para
que no fuese a lastimarles accidentalmente o que descubrieran nuestro
oscuro secreto.
¡Odie
a la luna, por ser la indicadora de mi maldición, la que hacia
emerger a la bestia! Por varios años no volvería a verla
de igual manera. Contaba los días para su arribo con aprehensión.
Temeroso del dolor, de la soledad, de la frustración de no poderme
rebelar a lo inevitable.
Sin
embargo, en esa miseria humana, mi familia siempre estuvo ahí.
Aun cuando la bestia creció junto conmigo, haciéndome más
daño, volviéndome más peligroso para los míos,
quienes se iban consumiendo a mi lado. Temeroso, supongo que algún
día, al abrir la puerta me encontrase desfallecido, que la bestia
hubiera ganado al final y tomado mi propia vida en tributo.
Pero
no sucedía. En su propia afán de supervivencia la bestia,
solo me lastima lo suficiente para recordarme su presencia y control,
pero no me destruiría, por que al hacerlo, atentaba contra si misma.
Dejaba solo en mi cuerpo, las heridas que tardaban en sanar, el agotamiento,
la melancolía de ya no ser un jovencito cualquiera y la desolación
de que nunca podría tener a nadie en mi vida.
O
esa era lo que pensaba, hasta que otro evento cambio mi vida. Soy hechicero.
Provengo de una familia de magos, la cual un día recibió
la invitación para que yo fuera a estudiar a Hogwarts. Al principio
mi familia no creyó que era una buena idea. El mismo director Dumbledore
tuvo que ir personalmente a hablar con mi familia, para explicarles que
tenía una oportunidad y que él encontraría la forma
para que cada mes estuviera baja custodia y no lastimar a los alumnos.
Dio todo tipo de explicaciones y mi familia terminó por aceptar.
No
se si fue por que necesitaban un descanso, alguien en que trasladar el
peso que llevaban sobre sus hombros o por que en una fugaz esperanza,
esperaban que al irme a Hogwarts su magia también me ayudaría.
En
eso último tuvieron toda la razón. La magia, la verdadera
magia no estaba del todo en sus paredes o en conocimiento como tal, sino
en la compañía de otras personas con las cuales al final
termine compartiendo mi dolor, mi angustia y que fueron compañeros
entrañables.
Si,
en Hogwarts hice amigos, 3 en particular fueron muy entrañables.
Luego se fueron anexando otros, pero al principio fueron James, Sirius
y Peter. Aunque de este ultimo, no quiero hablar. Aunque tendría
que hacerlo. Luego llegó Lilly. Pero bueno, no todo era color de
rosas.
Las
transformaciones no desaparecieron sino que eran igual de regulares y
para ello, Dumbledore mando poner precauciones en la entrada a una vieja
mansión, cerca del colegio, donde al principio, en solitario esperaba
las transformaciones. Luego, mis amigos al enterarse de mi condición,
lejos de abandonarme, fueron mi compañía. Claro, esperaban
afuera esa noche y por la mañana me llevaban a ir la enfermería.
Me cubrían en mis clases y más de una vez me ayudaron con
mis tareas y obligaciones. ¡Éramos los más grandes
amigos, los que siempre estaríamos juntos! Hasta tuvimos un nombre,
“los Merodeadores”. Si, como su nombre lo indicaba éramos
unos malandrines. En el mejor sentido de la palabra.
Mis
amigos eran, muy peculiares. James Potter era un gran jugador de quidditch,
inteligente, bromista y en extremo dado a meterse en problemas. Lo seguía
Sirius, quien era realmente hermoso. Bueno, ese era un apodo que el mismo
se puso, en verdad era que tenía una gran lista de admiradoras,
primero por tener unos grandes ojos grises acero, por llamarse Black y
con ello ser heredero de la fortuna de su familia y para colmo, un conquistador
empedernido.
Peter
y yo, no teníamos nada en que competir con ese par. Peter era algo
regordete, sin gracia, mientras que yo era, un niño enfermizo.
De
alguna manera, nuestras personalidades encuadraron, he hicimos mas de
una travesura juntos. James y Sirius, frecuentemente tenían peleas
con algunos otros chicos, principalmente Slytherin, ya que al ser nosotros
de Gryffindor, parecía que la rivalidad entre casas, se acentuaba
con estas dos. Como fuera, no había semana en que no estuviera
alguno de nosotros o castigado o puesto en detención o haciendo
tareas extras por alguna de las ocurrencias de James o los arrebatos de
Sirius.
Como
fuera, éramos buenos amigos. Los mejores dije. Ellos se preocupaban
tanto por mi, que un día me sorprendieron con la idea de que habían
encontrado una libro en el cual indicaba una receta para acelerar una
transformación controlada. Al principio, creí que era solo
un chiste, pero cuando vi que lo tomaron tan en serio, me preocupe. Pensaban
hacerse animagos y con eso, acompañarme la noche de mi transformación.
¡Suena ridículo, lo sé! Pero les tardo mas de dos
años dominar la técnica y una noche, lo lograron. Un ciervo,
un perro, una rata y un licántropo corrían por el bosque
prohibido de Hogwarts.
Muy
seguramente, nadie lo creerá. Pensar que 3 estudiantes, sin graduarse,
habían dominado una técnica tan difícil, solo para
acompañar a su amigo en esas noches oscuras y dolorosas. Sin embargo,
puedo atestiguar que tal cosa sucedió y que mis amigos fueron participes
de ello.
Cuando
lo lograron, me acompañaron en las noches de transformación,
corriendo a mi lado, logrando que el lobo se apaciguara ante la libertad
de poderse llenar las patas de tierra y las noches frescas sobre su pelaje.
Mis amigos, en sus formas animales, estuvieron ahí. Fue en esas
noches en mi lobo logro ver la luna, admirarla, maravillarme por su presencia
en el firmamento.
Suena
tan increíble, que una parte de mi se sintiera tan bien, mientras
que otra, aprisionada y herida se refugiaba en el dolor. Pero la vida
esta llena de maravillas.
Fue
en esa época, cuando algo más increíble sucedió.
Me enamoré, perdidamente de mi amigo. Si, me enamoré de
mi amigo Sirius. No sé como paso, no me lo propuse ni mucho menos.
Solo fue algo que nació de pronto, cuando en esas noches de transformación,
emocionado por tener a otro canino a mi lado, otro que tenia un olor cercano
e identificable, mucho mas que los otros. Pero no solo la bestia se enamoró,
sino el jovencito que al día siguiente, todo lleno de heridas,
lastimado, era gentilmente tratado por Sirius.
En
algún momento, Sirius también sintió lo mismo. Lo
vi en sus ojos, en la forma como acariciaba mi cabello, cuando estaba
desanimado y adolorido. Como preparaba chocolate para reconfortarme y
estaba siempre al pendiente de cualquier cambio en estado de animo, de
salud. O simplemente para reanimarme. Fingía que necesitaba ayuda
con alguna materia, cuando en realidad era muy inteligente. Lo hacia para
que estar a mi lado, pelear con mi pluma o revolverme el cabello. Él
me llamo Moony. Al principio me molesto, luego aceptando que era un pintoresco
apodo, que reflejaba mi condición, lo acepté. Paddy, le
llamaba yo de cariño.
Tardábamos
mucho en aceptar eso. Éramos dos jovencitos, pero varones al final
de cuenta. Y no por ser magos eso iba a desparecer tan fácilmente.
Es cierto, somos algo más tolerante que los muggles en aceptar
esas preferencias, pero éramos demasiado jóvenes para entender
las consecuencias de ese tipo de relaciones y además yo era licántropo.
No
podía, simplemente aceptar que estaba enamorado de Sirius y esperar
que mi condición de licántropo desapareciera. Esa maldición
delimitó muchos de mis acciones. Por más insinuaciones,
por parte de Sirius, yo simplemente me negaba aceptar algo más
que su amistad. Llámenle miedo o cobardía.
Fue
hasta casi finales del séptimo grado, cuando ya no fue posible
negármelo más. Todos los veranos regresaban a mi casa, donde
mis padres me esperaban, ansiosos, preocupados, pero gustosos de verme.
Y ese ultimo verano, después de ser soporte de Sirius, quien tenía
problemas con su familia y se había ido a vivir con la familia
de James, que era parientes suyos. Así, que al no tener a su familia
obligándole a ser como ellos esperan que fuera por ser un Black.
Esa
fue la maldición de Sirius, llamarse Black, nacer en una familia
que tenia un arraigado el concepto de pureza de sangre y odiar hasta el
tuétano a los muggles o los que se mezclaban con ellos. Fue una
época difícil para Sirius, quien no compartía esas
enseñanzas, pero tenía que tolerarlas. Todo empezó
cuando no fue seleccionado por la casa Slytherin como era la costumbre
de los Black, lo cual le acarreo problemas con varios de sus parientes
que estaban en el colegio en esa época. Aunque tuvo varios aliados,
uno de sus tíos y una prima, llamada Andrómeda. Pero con
el resto fue un caos, incluyendo a Narcisa, Bellatrix, otras primas. Y
hasta con su propio hermano Regulus.
Sirius
simplemente se sentía solo y éramos, sus amigos, su refugio.
James lo fue por mucho tiempo, eran el par de amigos que se cubrían
y toleraban casi todo, hasta que llegó Lilly y James tuvo que tomar
carril en su vida. Ella era, simplemente una genial chica y logró
encauzar a James, lo cual lo alejó un poco, solo un poco de Sirius.
Fue entonces cuando creo se fijo en mi. O cuando se dio cuenta de la cara
de bobo que ponía al estar a su lado.
Como
fuera, después de la navidad de séptimo año, volviendo
de las fiestas, Sirius se besó. Primero fue, el gran abrazo después
de volver de vacaciones, un rocé en la mejilla, la forma en que
deslizó sus dedos por mi cara y acariciaba mi cabello. Me separé
muy ruborizado y casi corrí a los dormitorios, donde me alcanzó
después. Yo era perfecto en ese tiempo y se coló hasta mi
habitación, donde volvió arrinconarme para besarme. No podía
detenerle, yo lo disfrutaba.
Pegado
a mi cuerpo, respirando en mi nuca, besando mi cuello. Fue lo mas cercano
a sentirse humano y deseado.
Fue
hasta que recordé mi maldición, el miedo y dolor, que le
aparté. No fui muy gentil, solo quería protegerle. Pero
Sirius era un necio y un cabeza dura. No me permitió alejarme demasiado
de su vida y siempre estuvo presente, de una u otra forma. En mis pequeños
logros para controlar a mi bestia interna, en terminar los grados en Hogwarts
y pensar en convertirme en educador. Creí que tendría vocación,
aunque en realidad tenia pocas posibilidades, no de ejercer, sino de cumplir
adecuadamente con las responsabilidades, en los días de luna llena.
Porque invariablemente significaba que algunos días, simplemente
estaba indispuesto.
Sirius
no aceptó mi negativa, ni mis gritos, ni mis reclamos, siguió
insistiendo en que haríamos una bonita pareja, dos chuchos corriendo
a la luz de la luna. Ahora suena gracioso, pero cuando lo dijo casi lo
golpeo. Casi, por que él retuvo mi puño y terminamos abrazados,
riendo y jugando como los jovencitos que éramos. Solo que era demasiado
nuestras soledades que al encontrarlas, parecían desaparecer y
nuestra vida de pronto tenia sentido.
Nos
amamos, en mi propia cama. Nos descubrimos necesitados, hambrientos de
calor, de caricias, de la compañía del uno por el otro.
Sirius era mas diestro en el arte de seducir, me deje llevar por sus manos,
sus labios y la sutil forma para retirarme la ropa del cuerpo y que no
sintiera pena por mis heridas, las que besaba una y otra vez.
En
sus brazos me acepté completamente. Quizás no era tan diestro
como él, pero aprendí rápido a corresponder a las
caricias y mi instinto me guió. Fui feliz en sus brazos, cuando
nuestros cuerpos se encontraban y terminaban perlados en sudor.
En
mi primera entrega total, gemía, gritaba y hasta maldecía
por el intenso placer que tuve. Lo disfrutamos tanto que lo repetimos
una y otra vez, en varias ocasiones. A escondidas, siempre. Era algo que
no podíamos compartir con James o Peter. Aunque terminaron descubriéndolo.
Algo como eso, no es fácil ocultar, más cuando Sirius era
propenso a insinuarlo, con sus caricias enfrente de otros y sus halagos
sin medida.
No
era por que quisiera exhibirse o algo así, solo que para él
era más fácil demostrar sus sentimientos y no importarle
como reaccionaban los demás. Yo en cambio había estado protegiéndome
demasiado tiempo de expresarlos, que me sentía incomodo con esas
atenciones. Llegamos a un punto medio y técnicamente teníamos
una relación. Una que no terminó, cuando dejamos Hogwarts.
En
aquel entonces, las cosas a nuestro alrededor estaban cambiando drásticamente,
pero al estar en el colegio solo sabíamos algunas cosas, pero al
salir y enfrentarnos con el mundo, también lo hicimos con la noticia
de que ciertos grupos de magos se sublevaban contra el ministerio, exigiendo
la supremacía de los magos de linaje antiguo y que se llamaban
así mismo de sangre pura”. En realidad era un término
engarzado por viejas familias que odiaban el trato con muggles y cuyo
dirigente era un mago que practicaba las artes oscuras, Lord Voldemort,
se hizo llamar. Ganó muchos adeptos, ya fuera por miedo, por ser
simpatizantes o simplemente por apáticos, quienes pensaron que
ese grupo solo tenía idea clasistas. Lo que desencadenó
una serie de eventos dolorosos, cuando este grupo subversivo, se autodeterminó
como “mortifagos”, seguidores de ese mago oscuro que implemente
el terror como medida de represalia, castigo y tiranía.
Todo
sucedió tan rápido. Mis amigos y yo, empezábamos
nuestros estudios superiores. Peter aun estaba solicitando su inscripción
para la medimagia, mientras que James y Sirius para Aurores. Yo me registré
para ser educador. Fue una época increíble, seguimos viviendo
juntos, en Londres, aunque las cosas ya no eran como en Hogwarts, temo
decirlo. Lejos de sus paredes, todos cambiamos. Peter desertó rápidamente,
cuando las exigencias de la escuela lo agobiaron y en ese tiempo se hizo
amigos de personas indeseables. Realmente no logramos hacerle cambiar.
Quizás no lo intentamos realmente, tan dispersos estábamos
en nuestras propias vidas. Sirius y yo, de alguna forma, ilusionados con
la idea de continuar nuestra relación, nos escabullíamos
frecuentemente, en mis noches de luna llena a vagar en nuestras formas
animales, en las afueras de Londres, donde suponía no pondría
en peligro a nadie. Era ese gran perro negro un amigo para mi lobo. De
alguna forma lo controlaba y lograba mantenerlo a raya.
No
había planes definidos, solo vivir juntos y ver que pasaba. James
en cambio, seguía con Lilly y un día nos llegó con
la noticia de que seria padre y cuando menos lo pensamos estábamos
preparando su boda. Sirius fue su padrino, claro. ¡Aun recuerdo
eso, fue increíble! James nervioso, Lilly luciendo más bella
que nunca. Sirius y yo tomados de la mano, escuchando la misa. Peter llego
tarde, bebido y fue ese un motivo más de distanciamiento, después
de los gritos de Sirius.
En
esa época, creíamos que nuestra amistad seguiría
igual de fuerte, pero súbitamente se desmoronó. Una serie
de incidentes desafortunados nos llevaron a una situación demasiado
comprometedora.
Nos
unimos a Dumbledore para forma un grupo de resistencia, que se llamo la
Orden del Fénix. Éramos en ese tiempo más de quince
integrantes, los cuales ayudábamos a buscar información,
ubicar los avances de los mortifagos y en ser posible detenerlos. Fue
la época en que oscuridad empezó a invadirnos. Era una guerra
técnicamente, donde aquellos no se detenían al usar magia
oscura, torturar y hasta matar.
Perdimos
a compañeros valiosos y amigos entrañables. Tanta incertidumbre
en tan poco tiempo. Una de esas pérdidas, fue la de mi madre súbitamente
de una agobiante enfermedad. Alcance a penas a despedirme y aun conservó
su recuerdo muy vivido. Mi padre sufrió igualmente su ausencia
y se consumió en el dolor. A esa pérdida, pronto le siguieron
otras. No en forma tan sosegada, sino con dolor y demencia.
Lo
único que logró, no hacernos enloquecer, era nuestra amistad.
La compañía de Lilly y James, quienes pronto se convirtieron
en padres de un niño que inmediatamente se hizo nuestro sobrino.
Tenía los ojos verde de Lilly y la cara de pilluelo de su padre.
Le llamó Harry James. Nació casi en la misma fecha que el
hijo de los Longbotton, Neville, que eran amigos nuestros y que también
estaban en la Orden. Esas nuevas vidas, le dieron a las nuestras felicidad,
la idea de cierta normalidad, en medio del desconcierto.
¿En
que momento todo se volvió el incertidumbre en caos? No podría
precisarlo con exactitud, pero fue cuando Sirius desconfió de mí.
Era extremadamente celoso y posesivo. Al principio no me molestaba y lograba
hacerle entrar en razón, pero se sumió en un mutismo del
cual no pude hacerle salir. Yo me enteré después de que
Sirius era el fidelio de James y Lilly. Los cuales habían sido
protegidos por el mismo Dumbledore, ya que sobre ellos recaía una
amenaza. Teníamos informes de que Voldemort, tenía particular
interés en el hijo de James y Lilly. En ese tiempo, no sabía
todos los detalles. Entre menos personas lo supieran era factible protegerles
mejor.
Yo
intentaba terminar mi educación, Sirius seguía en los aurores
y James abandonó su trabajo a raíz de la amenaza, otorgándole
a Sirius el fidelio. Con esa responsabilidad, la tensión se volvía
más angustiante para nosotros como pareja. Nuestros horarios no
coincidían, todo era malos entendidos, contradicciones. Era una
mala época, ahora lo comprendo, pero en ese momento yo solo sentía
que no funcionaria, que era demasiado pedir que dos hombres lograran equilibrarse
para hacer una pareja. No solo en la cama y momentos de pasión,
sino para estar en aquellos insignificantes que también formaban
parte de nuestra vida.
Comprendo
ahora, la enorme responsabilidad que sobre los hombros de Sirius recayó.
Ahora me doy cuenta que no fui tan paciente como debía serlo, que
me deje llevar por mi juventud, por mi inexperiencia, por mis miedos,
por los rechazos. Como fuera, ya no es posible dar marcha atrás.
No
cuando en esa época perdí cosas tan valiosas. ¡James
y Llilly murieron! Atacados sin piedad, en su propia casa por el mismo
Innombrable. Ataque que constituyó su caída, por ironía,
solo temporalmente. El niño sobrevivió gracias al amor de
su madre, quien puso un hechizo antiguo y poderoso.
Me
enteré horas después. ¡No podía dar crédito!
Todo era un desorden, entre el bullicio de quienes festejaban la caída
del innombrable. Mi angustia por saber sobre mis amigos, por el niño
y sobre todo de Sirius, con quien me había reconciliado después
de días, de estar distanciados, por algunas tontería, que
ni recuerdo bien.
Nos
vimos por la mañana y en la tarde solo sabia de él que estaba
preso. ¡Que había atacado sin piedad a muggles y magos por
igual, dándoles muerte! ¡Era responsable de la muerte del
mismo Peter! Eso me dijeron los aurores, cuando fui a buscar información.
¡Se le consideraba responsable directo de la muerte de Lilly y James,
ya que era su fidelio! Solo él podía dar la ubicación
de la residencia de nuestros amigos. Contaban con detalle como en medio
del desorden que causo con su ataque, dando muerte a gente inocente, enloqueció
en la calle, gritando incoherencias.
¡Las evidencias eran tan claras, tan contundentes en ese momento!
No había dudas, ni reservas. Era el único sospechoso y el
único con la capacidad para llevar a cabo tan infame acto. Eso
era lo ellos pensaban, eso fue lo que yo terminé creyendo, aun
cuando inicialmente mi sentido común me decía que no era
posible que Sirius vendiera a sus amigos, pusiera en peligro a Harry,
del cual era padrino. ¡Nadie cuestionó, nadie levantó
la voz lo suficientemente alto para evitar que fuera Azkaban sin que su
caso se revisara!
Dumbledore
quizás, pero no logró nada y yo, era solo un pobre licántropo
enamorado, que no era ni medianamente confiable para gritar que era mi
amante, que confiaba mi vida a su persona y que no le creía capaz
de tal acto.
Pero
ante el peso de las supuestas evidencias, terminé por creer. Lo
hice, por que abrumado ante la negativa de Sirius de verme y poderle preguntar,
tuve que aceptar su silencio como una prueba de su culpa, incluyendo todas
las pruebas que en su caso había.
Demás
esta decir que al enviarlo a Azkaban, yo también fue recluido.
! En la soledad, en el desamparo de perder a mi pareja, a mis amigos!
Esos días, fueron tan oscuros, como aquellos cuando inicié
mi enfermedad. Nadie en quien confiar, abandonado a mi suerte, sintiéndome
traicionado, herido y realmente estúpido, por creer que no había
conocido cabalmente aquel con quien vivía.
¡Los
hechos estaban tan bien orquestados, que yo, quien decía amarlo,
le odie! Lo odie por la muerte de nuestros amigos, por destruir nuestra
confianza, por venderles por poder o lo que fuera. Le odie, por que me
abandono a mi soledad y mi bestialidad.
Sirius
me hacia humano, conectándome con esa parte de humanidad que en
mis noches bestiales era difícil de encontrar. Y súbitamente
lo perdí todo. Lo fácil hubiese sido morir. Muchas veces
lo deseé, terminar con todo, darle fin y tener un poco de paz.
¡Pero mi lobo no me lo permitiría, era un sobreviviente!
Por
más de trece años, la soledad hizo más mella en mí.
Con mi maldición, era imposible mantener un trabajo decente y los
pocos que conseguí, los perdía rápidamente. Subsistí
gracias a la ayuda de amigos y hasta desconocidos. Viajé mucho
en ese tiempo. Era un lobo estepario, fugitivo de mi mismo, de mis raíces.
En realidad pocas cosas me interesaban, salvo los libros, donde aun conservaba
la vaga esperanza de que existiera una cura para mi enfermedad.
En
ese tiempo, encontré en mi camino a Greyback, el licántropo
que me contagió. Solo un momento, en la calle, en ceras encontradas.
Yo le reconocí de inmediato, mientras que él ni se inmutó.
Solo sonrió despectivamente ante mi mirada insistente. ¡Quería
cruzar la calle, atacarle, desgarrarlo, devolverle algo de la furia que
tenía contenida en mí!
La
vida no me dio oportunidad, de nuevo se escabullía, en una calle
lateral. Fue en ese entonces cuando me prometí que buscaría
la forma de encontrarle y devolverle el favor. Sin saber como exactamente,
me dedique a la defensa de las artes oscuras. ¡El que pensaba ser
educador!
¡Es
curioso, la vida da tantos tumbos! Regresé a Hogwarts a petición
de Dumbledore. La carta me sorprendió mucho, más cuando
supe los motivos por los cuales quería tenerme de vuelta. ¡Era
por Harry! Perdí la noción del tiempo y el chico ya estaba
en el tercero grado. Dumbledore me puso al corriente rápidamente
de los logros del chico, para sobrevivir en un mundo no mágico
y con limitaciones. ¡Pero los motivos para llamarse, también
eran por Sirius, quien había escapado de Azkaban y según
los informes perseguía a Harry para dar por terminada la locura
que empezó años atrás.
¡Era
tan insano pensar eso! Sin embargo, Sirius se convirtió en el mago
mas buscado de la noche a la mañana. ¡No fue nada agradable,
volver a ver su fotografía, gritando, enloquecido y febril!
Me
reproché por no haberme preocupado por Harry, anteriormente. Pero
en verdad, en ocasiones no tenia ni en que caerme muerto. Además
el dolor de mis propias pérdidas personales, me hizo egoísta.
Sin embargo, haciéndoles frente, acepte volver. Si Sirius pensaba
atacar a Harry, tendría por lo menos que pasar encima de mí
y darme muerte antes. Era lo menos que podía ofrecer. Pero no le
seria fácil, demasiado dolor y odio sentía por él,
en esos momentos.
No
tuve duda que de Harry ocupaba toda la ayuda que fuera posible, cuando
camino al colegio un dementor le agobio. El chico se desplomo y no era
para menos. Eso nauseabundos seres son terribles. No podía explicarme
como Sirius había logrado sobrevivir en una cárcel con ellos
dentro y continuamente castigándole con su presencia. Debía
tener un gran temple o solo estar más insano de lo que pensábamos.
Me
maraville, como la primera vez, ante la presencia de ese gran castillo
y su magia. No todos me recibieron con los brazos abiertos. Snape por
ejemplo. Un viejo condiscípulo, con el cual Sirius y James habían
tenido más de un roce y a quien Sirius engañó llevándole
a la mansión, donde yo pasaba mis transformaciones. Era de esas
bromas crueles y despiadadas que Sirius tenia.
Como fuera, quizás Snape no le agradara mi presencia, pero ahora
como encargado de la clase de pociones, Dumbledore le solicitó
que preparaba la poción de wolfbane, la cual lograba apaciguar
al lobo en la transformación, y permitía mantener lucido
al hombre, reduciendo sus agresividad.
Snape
también era parte de la Orden, informante y ex mortifago. No me
pregunten los motivos por los cuales Dumbledore puede confiar en él,
aun cuando dice que tiene sus razones y que Snape es de confiar. Quizás
Dumbledore sea muy benevolente, pero se que hay varios que no creímos
esa reconversión hecha al calor de las conveniencias.
Sin
embargo, ese año en Hogwarts, Sirius se encargó de romper
todo lo que en trece años creíamos ciegamente sobre él.
¡La historia contada en forma resumida y muy compacta es que, él
no mato a Peter! Ese regordete, vagaba por el colegio en su forma animaba.
¡Casi me desplomo cuando vi aparecer su nombre en el mapa de los
merodeadores, el cual para no entrar en muchos detalles, fue elaborado
por nosotros cuatro. ¡Indicaba, claramente que Peter era perseguido
por el mismo Sirius hacia la casa de los gritos! Y que igualmente, Harry
y sus amigos iban hacia el mismo lugar.
¡No
podía creerlo, tan sorprendido estaba que no bebí la wolfbane!
Solo salí corriendo a donde el mapa me indicaba, dejándolo
sobre la mesa.
Cuando
me presente ahí, el cuadro era de lo más desolador. La casa
era una total ruina y la puerta que me separaba de ver a Sirius, casi
se caía a pedazos.
¡Volví
a verle, después de más de trece años! Tiempo que
no paso en vano, ni para él, ni para mí, claro. Pero mas
lamentable era su estado, casi en los huesos, demacrado, con marcas en
su piel ajada. ¡Seguía manteniendo el azulado de sus ojos,
aun cuando en ellos se apreciaba la demencia!
¿Cómo
no estarlo, si haz sido injustamente encarcelado? Si no era responsable
de la muerte de Peter, era factible que la versión que se dio en
ese tiempo no fuera del todo cierta y que tampoco fuera responsable de
la muerte de los muggles. Esa era ahora mi tabla de salvación,
creer que ese hombre a quien amé, era mi amigo, no era un asesino.
Lo
abracé emocionado, extasiado por tenerle con vida. Fue un abrazo
que duro, lo suficiente para curar parte de mis heridas y si algún
reproche debía hacerle, no era el lugar ni el momento.
Peter
nos dio todas las pruebas que necesitábamos al tenerle de frente.
¡Debimos matarle, herirle, por lo menos, por todo lo que hizo y
los que nos hicieron sufrir!
Pero
en tonto afán de explicarle a Harry quien era ese hombre que tanto
tiempo estuvo convertido en rata, huyendo y aprovechándose de vivir
con magos, perdimos tiempo valioso. Snape nos acorralo en la casa de los
gritos.
Después
de eso, todo fue un caos, ya que Snape no pudo ver a Peter, la luna llena
aparecía puntual a reclamarme en una dolorosa e incomoda transformación.
¡Fue
realmente bochornoso, que en ese momento que debía haber sido realmente
útil, me convertí en el mayor estorbo! Peter aprovechó
para fugarse, Snape estaba inconsciente y Sirius no pudo detener mi transformación,
que en medio de los chicos realice.
Después
de eso, lo demás lo sé por que me lo han contado, porque
como siempre mi mente quedo nublada cuando el lobo tomo posesión
de mi cuerpo, reclamándome una vez más como suyo.
Esa
noche, casi pierdo a Sirius, primero siendo atacado por mi lobo quien
solo quería lastimar y agredir, como es su naturaleza. Luego, cuando
los dementores que rodeaban al colegio, lo atacaron sin piedad. Increíblemente
fue Harry, convocando un patronus, quien logró ahuyentarlos, salvando
la vida de su padrino. Mientras, transformado en lobo, yo corría
por el bosque prohibido, como otras noches lo hice. La luz del día
siguiente, con la cual dio por terminada la maldición por esa noche,
me encontró tirado en el suelo, lastimado y terriblemente golpeado.
Mi lobo se desquitó conmigo. No sé si por falta de fe hacia
Sirius, el amor que decíamos tener o por que al final de cuentas,
ese lobo había ganado la batalla contra la poca humanidad que aun
conservaba.
Cuando
llegué al colegio, me encontré con muchas novedades. ¡Sirius
seguía vivo, pero había escapado! Harry y los chicos estaban
bien! El Ministro tuvo que volver a Londres, sin llevar la cabeza de Sirius
y no estaba precisamente feliz, me contaron. Ni tampoco Snape, que esa
noche perdió su “orden de Merlín” al intentar
entregar al fugitivo más buscado. Gracias a eso, corrió
el rumor de mi condición de licántropo y cuando ya estaba
fuera de la enfermería, solo pensaba en que tendría que
dejar Hogwarts por que los padres no permitirían que un peligroso
licántropo les diera clases a sus hijos.
En
ese momento, en realidad no estaba tan alarmado por eso, si dejaba Hogwarts,
ya tenía un motivo para vagar de nuevo. ¡Encontrar a Sirius,
decirle cuando lo sentía! Disculparme, una y otra vez, por haber
creído las mentiras y esperado tanto tiempo para volver a verle.
Con
esa idea, me despedí del hijo de Lilly y James. Feliz de que fuera
un jovencito tan hábil, tanto que había salvado a su padrino
dos veces y que ya no necesitaba de mis escasos consejos.
Sonaba
simple. Buscar a Sirius, disculparme, volver a empezar. Ser amigos de
nuevo y por que no, amantes. Suena bien, ¿verdad? Pero la vida
no era así de simple. Casi por un año prácticamente,
Sirius se escabulló tanto del Ministerio, como de mí. Trataba
de entender que se encontraba en una difícil situación,
su vida corría peligro y no estaba precisamente para reconciliaciones
ni amoríos.
Eso
era lo que adulto entendía, pero como jovencito enamorado del recuerdo
de lo que fue, de lo tuve, me negaba aceptar su nuevo abandono. Pero demasiado
ocupado me encontraba en esa época para que angustiarme mas por
eso. así que en la búsqueda de un nuevo empleo, de subsistir
las noches de luna llena, la soledad y la frustración, fueron pasando
los días, luego los meses. Enterándome de los avances de
Harry y como había sido seleccionado para la “torneo de los
tres magos”. Confesaré que me resultó sospechoso e
internamente rogaba para que solo fuera imaginación mía.
Fue una gran tristeza que ese evento se tiñera de sangre y confirmara
así, el regreso de Voldemort. Cuando menos pensé Sirius
apareció en mi puerta a petición de Dumbledore.
Me
sorprendió su presencia, con mensaje de malas nuevas, pero una
parte de mi se alegro de verle, sentado frente a mi, mientras yo podía
mirarle a detalle, observando que aunque ya no mostraba el aspecto de
fugitivo de Azkaban, si tenia el de vagabundo y refugiado, subsistiendo
aquí y allá. Interesado en la seguridad de su ahijado, preocupado
por los nuevos derroteros que tomaba esa nueva aparición de Voldemort.
Le escuché embelesado, mientras contaba furioso los detalles, vivamente
apasionado, como siempre.
Pero
su visita fue solo temporal. Era el mensajero de las malas nuevas y tenia
que reunir a los viejos integrantes de la Orden e instalarse en Grimoulde
Place, que seria la sede.
Eso
fue el principio de nuevos problemas. Sirius nunca se sintió cómodo
en su casa materna, rodeado de lo que él llama, “la decadencia
Black”. Pero como buen Griffindor aceptó ayudar, dejar de
vagar sin rumbo e instalarse. No sé si fue idea de él o
de Dumbledore, pero la cosa fue que el director me pidió que me
mudara a Londres e igualmente me apostara en la casa Grimoulde. Al principio
me negué, por orgullo o simplemente por que no me sentí
nada bien en ese lugar, donde tendría forzosamente que sociabilizar
más con Sirius.
No
me malentiendan, yo quería estar con Sirius, pero él, se
encontraba renuente, era poco sociable, respondía con monosílabos
y me daba a entender que mi presencia lo incomodaba. No quería
imponerle mi persona, ni mucho menos. Pero negarle algo a Dumbledore es
difícil, por lo cual Arthur Weasley paso por mí, para ayudarme
y cerciorarse creo, de que me mudaba.
El
Sirius que encontré esa tarde, tenía su antiguo aspecto
de gallardía y elegancia, como le recordaba. Se había afanado
bastante en su apariencia y el afeitado le sentaba bastante bien. No dejaba
de mirarme, impaciente y expectante. Súbitamente pensé,
que le alegraba mi visita y que la idea de ser su huésped le encantaba.
Un roce de su pierna sobre la mía y una mirada interrogante, me
dejo bien claro que en algún punto entre la ultima vez lo que vi
y esa tarde, sus ideas sobre abrirse un poco mas y buscar compañía,
estaban de manifiesto.
Estaba
mas impaciente, como cuando éramos estudiantes. Me atrajo a su
lado por la cintura, besando mi cuello y técnicamente casi salta
encima de mí, una vez que los Weasley dejaron Grimoulde. En este
punto hay que hacer un paréntesis. Junto con Arthur, venia su hijo
mayor Bill y como el resto de su familia, pelirrojo, de ojos azules y
una disimuladas pecas en las mejillas. El joven, por que ya rondaba mas
de veinte, después de que se presentó no dejaba de verme.
Por unos segundos creí que miraba a alguien a través de
mí. Pero supuse que la casa le parecía fascinante, ya que
es un rompe maldiciones.
Sirius
me atrajo tan rápidamente, antes de cerrar la puerta de todo, que
estoy seguro que el joven Weasley nos vio. Pero las caricias de Sirius
sobre mi, eran tan intensas, tan hambrientas como las mías, tan
necesitadas, que ese incidente paso al cajón de los olvidos. Solo
me concreté en recobrar un poco del tiempo que nos habían
arrebatado. Nos amamos con furia, desespero y hasta rabia. Buscábamos
en esa entrega después de años, borrar de golpe el dolor
que la separación nos causo. No hubo preparación, ni sutilezas,
fue sexo rudo, sin contemplaciones. Ya éramos dos hombres curtidos
por la vida y el desamparo, que la entrada súbita dentro de mí,
aunque me hizo gritar, fue un latigazo de placer, que pedí más
y más. Terminamos en el suelo, sudados, exhaustos, llenos de arañazos
y mordidas. No sabía exactamente quien pretendía borrar
el dolor y la desesperación. Pero esa forma de entrega, se hizo
una constante. Donde el placer y dolor tenían una leve y casi indefinida
línea. Llegué a pensar que nos castigamos ambos, por todas
nuestras faltas.
Quizás
hubiésemos seguido así indefinidamente. Amándonos
con rabia, lastimándonos y causándonos placer. Atados a
nuestras miserias y nuestras angustias. Por que aunque nos entregamos
en cuerpo, parte de nosotros seguía intocable, él no hablaba,
yo no le exigía nada. Llego hacerse tan rudimentarias nuestras
entregas que una vez que él terminaba, se separaba de mí
sin más. No había palabras cariñosas, solo gemidos
ansiosos y lujuria que explotaba al contacto con nuestros cuerpos.
Era
una extraña forma de comunión. De compañerismo, de
entrega. Hasta podría decirse que de amor. Él seguía
transformándose en perro para que mi lobo, lo aceptara y las noches
de transformación no me hicieran tanto daño. Era a su manera
amable, considerado y hasta cariñoso. Pero duraba tan poco y daba
paso a su faceta de odio con quienes consideraba responsables de la muerte
de nuestros amigos y su encarcelamiento. Sirius simplemente estaba envenenado
por la rabia y el dolor. Era tal, que exudaba su furia contra quienes
estuviéramos a su lado y frecuentemente era yo. ¿Qué
si me acostumbre esa extraña forma de amar? Si. Un poco. Lloraba
después de que me dejaba solo en la habitación, una vez
que se vaciaba en mí. Llegaba a sentirme usado, pero igualmente
creía que era el precio por tenerle en mi vida, que era solo una
mala época y que lograríamos salir del bache una vez que
las cosas adquirieran un mejor rumbo.
Pero
buscaba no pensaba demasiado en eso. Había trabajo que hacer y
Dumbledore confiaba en que yo podría mantener en raya a Sirius,
mientras cumplía con mis pesquisas y otras encomiendas para la
orden. Fue una de esos encargos, cuando terminé en casa de los
Weasley, para pasar por su hijo mayor, quien como dije era un rompe maldiciones,
experto en egipcio y que buscaba me ayudara con cierta tablilla que Dumbledore
requería.
Era
algo sencillo, iba por él, nos trasladaríamos al museo,
trataría de descifrar la tablilla y yo le enviara la información
a Dumbledore. ¿Fácil no? Lo fue en cierta parte, hasta que
el chico puso su mano sobre la mía, cuando me confesó su
interés en mi y en su súbito arranque me rozó los
labios.
¡Podría
ser más inconsciente! No él, claro. Si no yo. Quien no vio
venir tal interés. Que cuando el chico me tenia luego, literalmente
atrapado en un callejón de Diagon, en vez de detenerle con firmeza
y que mis palabras no fueran arrojadas a un saco sin fondo, le respondí.
¡Besándolo con ternura, la cual me era fácil sentir
por él! No les he dicho, pero es un chico realmente hermoso, tiene
unos ojos azules vivaces y llenos de alegría, su sonrisa es cálida,
amable, sin dobles matices. El olor de su cuerpo, impregnado por un toque
a clavo de sus cigarrillos era delicioso.
Si.
Ese chico me cautivó. Terminé temblando por el contacto
de sus labios, de su cuerpo pegado al mió. De su tímida,
pero resuelta entrega. Y en un tonto afán por hacernos entrar en
razón, más a mí, que a él, le supliqué
que eso no volviera a suceder. No por que no me haya gustado, sino por
que me había gustado demasiado.
¿Cómo
podía atreverme a darle falsas esperanzas? ¿Cómo
podía besarle, sentirme bien y además desear más?
¡No le importaba que fuera un licántropo, sin embargo, ¡yo
olvidara fácilmente que era un joven, al cual le llevaba más
de 10 años, que era hijo de mis amigos y que yo tenía una
relación con Sirius!
Pero
todo eso, no nos impidió seguir. Me embriagué de su presencia,
que llegue a necesitar más y más. Al principio eran solo
pequeños roces, miradas cargas de interés, a los que le
siguieron encuentros ocasionales, pero todos con el tinte claro de pasión
encendida entre ambos. Tanto gozaba su presencia, que me escabullía
para verle, rodearle con mis brazos y besarle largamente.
No
sé, si ese interés era malsano. Ofuscado por su piel suave,
su entrega sin reparos, su constante presencia en mi vida y por que siempre
buscaba acorralarme en sus brazos, tanto para restregar sus caderas a
las mías y hacerme patente que no solo era fiebre suya, sino que
yo, un adulto, con experiencia y una pareja, podía sentirse igualmente
ansioso.
Las
cosas llegaron a tal punto, en que gozándonos uno al otro, terminé
haciéndole derramarse a mi lado. Su olor, su intenso olor al dejarse
llevar por mis contoneos, me fascinó más. Pero había
un par de detalles, el chico era hetero declarado, hijo de una familia
muy querida y además estaba Sirius, quien empezó a notar
mi cambio de interés. Al principio, pescaba miradas entre Bill
y yo, luego le terminé encontrado oliendo mi ropa cuando volvía
de mis salidas.
Cuando
la situación entre nosotros era frágil, la presencia de
Bill en mi vida, la hizo mas patente. En cierto momento, ya no toleraba
su cercanía, ni sus celos, ni mucho su constante deseo de tenerme
en la cama. Estaba harto de una relación sola basada en sexo. ¡Quería,
deseaba escuchar que era amado, que mi cuerpo inspiraba algo más
que rabia contenida! Necesitaba ternura al iniciar, al finalizar, pero
sobre todo, necesitaba sentirme vivo para poder dar. No solo recibir y
gemir. Nada de eso parecía tener yo con Sirius. Fue en esos días,
cuando terminé por aceptar que estaba locamente interesado en Bill,
que gozaba su cuerpo, su entrega, sus palabras melosas en mi oído.
Que yo era importante para él, tanto que había dejado a
su novia y estaba decidido completamente a demostrarme su interés.
Quizás no supiese mucho sobre el arte de amar a otro hombre, pero
tampoco eso lo detuvo.
Lo
que no sabia, lo aprendió. Desafortunadamente no en mis brazos,
descubrió los trucos para hacerse un buen amante. Tan estúpido
era yo en ese punto, tan temeroso de que su madre descubriera nuestras
andanzas o que al poseerle completamente le amarraría a mi maldición,
a mi andrajosa vida. No tenia nada que ofrecerle, mas que encuentros fortuitos
y caricias prohibidas.
Aun
cuando en su cuerpo noté que yo no era el único que lo compartía,
si era yo el responsable de que mintiera a su familia, enfrentara Sirius
y lamiera mi cuello en tal forma que solo buscaba su caderas para pegarlas
a las mías.
Por
un tiempo ese triangulo amoroso parecía funcionar. Yo mantenía
a Sirius tranquilo y a raya, mientras Bill, me daba serenidad, placer
y una forma de fugarme de esa casa. Hubiese sido hasta perfecto, una vez
que Bill me hizo el amor por primera vez. Lenta, sin prisas, tomando posesión
de mi cuerpo y haciéndome sentir vivo y renovado. La ternura se
mezclaba con el placer, con la lujuria sin que fuera malsana. Yo debía
aceptar su hermoso balance, tomarle como mió, marcarlo como amante
y llenar sus entrañas de mi simiente. Pero la poca cordura que
tenía me lo impedía. Al hacerlo lo marcaba y lo hacia visible
a otros lobos. Mucho se ha dicho que los lobos solo tienen una pareja
de por vida y que no podrán estar con ninguna otra. Podría
ser, en algunos casos los lobos lo hacen, pero ese axioma no parecía
aplicar para mí. Yo era un lobo mal nacido o simplemente, mi parte
humana era tan lujuriosa y voluble como otras.
En
el caso de Sirius, marcarle había sucedió tiempo atrás.
Él lo acepto como una forma de responder a mis entregas, aun cuando
se considera el dominante en nuestra relación. Decir que me aceptaba
como su guía era pedir demasiado, él siempre debería
tener la razón y era él quien iniciaba nuestros encuentros.
Pocas veces, podría decirse que yo el dominante. Mi lobo no respondía
ante eso.
Como
fuera, cuando Bill me lo solicitó, yo no pude hacerle mió.
Lo cual inició malos entendidos, recelos y que sintiéndose
usado por mi parte, se fuera al extranjero, con pretexto de trabajo y
para alejarse de mi.
Su
ausencia, de meses, marco completamente mi existencia. Aceptaba a regañadientes
las caricias de Sirius, su presencia e intentaba que fuera por lo menos
tolerable la relación. Pretendiendo creer que mi aventura con Bill,
era eso, una aventura sin más consecuencias.
Me
decía, que Bill estaba en una etapa de descubrir sus real sexualidad,
que quizás yo le era interesante, pero que había mas hombres
que podrían darle lo que yo no me atrevía. No ignoraba que
su belleza atraía a otros y que mantenía cierto trato preferencial
con un joven empresario francés.
Creí
que con la separación, nuestras vidas tomarían cause, Bill
encontraría a alguien que le diera lo necesitara y yo , pues tenia
a Sirius, con quien buscaba mantener la fiesta en paz.
¿En
que momento me volví un descarado? Cuando acepté el regalo
que Bill me envió de Italia, ocultando el remitente a Sirius y
disfrutando la idea de que esa capa tenia un significado especial para
nosotros. Tarde meses en verle y en ese tiempo buscaba escribirle, contarle
de mi vida, decirle que le extrañaba, que me agradaría verlo.
¡Besarlo!
Al
confesarme eso, detenía la escritura y no terminaba, varias cartas
se quemaron sin ser nunca enviadas. De las pocas cosas que escribí
en su ausencia y rescate de no quemar terminé entregándoselas
cuando volvió. Con un hermoso bronceado, pero su sonrisa igual
de cautivadora.
Intentaba
mantener mi interés a raya, más cuando supe que era amante
oficial del francés, mi alma se desgarró. Pretendía
que no me importara demasiado.
Había
sido una hermosa aventura y no volvería a pasarme, pero mi cuerpo
se rebeló. Me sentía debilitado, cansado, exhausto y en
mi ultima revisión médica, me recomendaron ir a Francia
a una chequeo completo. Sirius apeló a Dumbledore y éste
terminó por encontrar un acompañante para que hiciera el
viaje, quien resultó ser Bill.
Lo
cual inició una nueva tormenta. Sirius molestó, por que
no aceptaba la idea de que fuera Bill mi acompañante por esos días,
en que seria mi transformación. Terminó por acepta a regañadientes,
cuando le juré, una y otra vez que entre el chico y yo no había
nada. Lo cual era técnicamente cierto. Bill tenía un novio
y yo a Sirius. Punto. Pero la vida se empeña en ponernos en dilemas.
Fastidiado por que antes de salir a Paris, Bill se despedía de
su pareja, yo no lo tomé con la cortesía que se merecía.
Llegamos
al hotel y unos minutos después ya lo estaba empujando contra la
pared, gritándole improperios. Lo cual era, a final de cuentas
la forma en la cual un hombre se acerca a otro sin levantar muchas sospechas.
Pero en nuestro caso, solo era el detonante para que nuestros cuerpos
se unieran y nuestras bocas se encontraran.
¡Le
necesitaba tanto, era tan feliz de tenerle cerca! Que gustoso acepte sus
reclamos, en cuando lo que él consideraba que Sirius me controlaba
y subyugaba. Pretendía explicarle algo de nuestra relación,
de cómo poco a poco se desmoronaba, pero que buscaba conservarle
y en un futuro llegar a ser buenos amigos. Lo dije en voz alta, confesándomelo.
Lo mió con Sirius no funcionaba y era mejor buscar una solución
a eso, antes de que termináramos lastimados.
Pero
mientras, disfrute los calidos besos de mi petit, como terminé
llamando a Bill, por ser menor que yo. Me hubiese gustado quedarme a su
lado mas tiempo, pero las cosas se complicaron, con la muerte de una medí
maga en el hospital y un ataque por parte Belllatrix, quien buscaba de
alguna manera utilizarme para llegar a Sirius. Ella era la responsable
de estarme envenenando con la wolfbane que el preparador de Diagon me
elaboraba cada mes. Eso lo descubrimos después de un ataque perpetrado
por cómplices de Bellatrix, terminamos en un centro de investigación
muggle, donde Bill tenia a una amiga, casi bruja, que tenia conocimientos
de medí magia y mas de medicina moderna.
La
luna llena llegó, reclamándome puntualmente. Refugiados
en una vieja sección del edificio, Bill preparó la poción
e hizo lo posible por acompañarme, por conocer por completo mi
transformación, descubriendo quien soy en realidad y lejos de huir,
se quedó a presenciar mi cambio. Después supe que lo hizo
de varias maneras.
Esos
días, en Paris fueron increíbles. Por primera vez reclamé
a Bill como mió ante otro lobo, que conocimos en esos días.
Aprendí que Bill era importante para mí, que aceptaría
que otro lobo lo tomara como suyo. De haber tenido tiempo y yo no estar
tan exhausto por la transformación, le hubiera hecho el amor y
lo marcaría por fin. Sin embargo no sucedió. Nos separamos
unos días por algunos negocios que tenia que cumplir y yo para
terminar de restablecerme. Cuando volvimos a vernos, su novio ya se encontraba
en Paris por él.
¡Tuve
que tragarme el orgullo, el coraje de tener que compartirlo y no pude
soportarlo! Yo no podía competir contra ese joven, prometedor,
dueño de una fortuna y además locamente enamorado de Bill,
lo cual era evidente.
La
vida volvió a separarnos, viéndonos ocasionalmente, distantes,
yo sin atreverme, ni permitirle volver a tener roces suyos. ¡No
quería gritarle que lo necesitaba en mi vida, para que tuviera
cordura! No podía amarrarlo a mi desgracia, a mi maldición,
a mi mísera existencia.
Sin
embargo, Bill continuó en ella, ya fuera para preparar la poción,
para rozar mis manos con cierto disimulo o para dejar el aroma de su tabaco
en el aire, donde yo le percibía cuando iba por algún encargo
a Grimoulde. Hasta estuvo presente en otra transformación, ahora
en mi casa. De alguna forma, yo mismo buscaba marcar espacio entre Sirius
y mi persona. Y empecé por pasar el menor tiempo posible en la
casa, ya fuera por algún encargo de Dumbledore o por solo vagar
un poco para alejarme del bullicio que de pronto se hacia en la casa por
las fiestas. Disfrutaba a los chicos y las festividades, pero se sentía
de pronto colapsado por las exigencias de aparentar que todo estaba en
paz y tranquilo. Sobre todo, por que días antes Arthur había
sido atacado y convalecía. Aunque se recuperó, la angustia
de los chicos era evidente.
Así
que cuando llegó mi transformación, la tomé de pretexto
para irme a casa y pasar esos días en soledad. Lo cual no fue del
todo cierto, ya que Bill se empeño en estar conmigo.
En
esa convalecencia en mi casa, con Bill preparando el baño o la
sopa, fue genial. Era de alguna forma tranquilizadora y relajada, sin
la presión de tener sexo, solo acariciando mi cabello y leyendo
un poco para que lo notara. Llegó navidad y con eso, un extraño
regalo, que aun no utilizó. Unos inciensos de convocación.
Cuando los vi, en vez de usarlo, evoqué sin mucha necesidad el
olor de Bill, su cuerpo ágil y las pecas de su espalda, mientras
el cabello rojizo cae sobre ella. Me masturbé intensamente con
ese recuerdo. ¡No necesitaba más que desearlo para que su
presencia estuviera en mi vida!
Aunque
claro, alguien me hizo reflexionar sobre lo tonto que yo era al dejar
inconclusa esa relación con Bill. Su hermano Charlie, un día
que nos encontramos en Rumania, me lo dijo sin ningún recato. Acepté
que lo necesitaba en mi vida, que Bill era importante y sobre todo que
buscaría la forma de verlo tan pronto volviera Londres. Ese viaje
en particular a Rumania, tuvo otro tinte, el de conocer una lobera y darme
cuenta que no todos los lobos son bestias, ni que todos son malvados,
deseosos de derramar sangre sin sentido o contagiar a inocentes. Había
algunos que solo buscaban proteger su estilo de vida, sus lobeznos, sus
hembras. Sentí una extraña nostalgia por no tener lobeznos,
ni la oportunidad de tenerlos. Mucho menos con mis preferencias.
Lo
mejor de volver a la neblina de Londres, fue saber que Bill se había
separado del empresario francés y que vivía ahora solo,
en un suburbio. No pude dejar de preguntarle a Kingsley por él
y tampoco pude esperar demasiado entre Grimoulde, Sirius y darle el informe
a Dumbledore.
Solo
estuve el tiempo necesario en Grimoulde para darme cuenta que lo que hubo
entre Sirius y yo era cosa del pasado. No podíamos reconciliar
nuestra vida. El odiaba demasiado, ese odio se mezclaba con su sangre
y le mantenía en estado de constante aprensión, negación
y una frustración, que buscaba afanosamente solapar con bebida
o con sexo, cuando yo estaba disponible.
¡Simplemente
me harte! Descubrí que no era solo un lobo estepario en busca de
correrías y satisfacer mi libido. Que mi autoflagelación
en una relación de odio y amor no nos llevaría a ningún
lado. Quizás, yo no era hombre adecuado para Sirius, o simplemente
era tan asustadizo que no podía seguir arriesgándome a vivir
una existencia donde el dolor tenia que ser la pauta para seguir.
Salí
casi corriendo de Grimoulde, aun ante los gritos de Sirius, por querer
saber a donde iba. Solo quería vagar, el olor a encierro de esa
casa me resultó peculiarmente chocante después de haber
estado en las montañas frías de Rumania, corriendo bajo
la nieve, por sus bosques y con la nostalgia de tener un lobezno.
Quizás,
podría pensarse que Harry podría cubrir esa función
de hijo que nunca tendría, pero aceptémoslo, yo solo era
el buen amigo de su padrino. Seria chocante ser de pronto el amante del
gran Sirius Black. No estaba dispuesto a ver la cara de sorpresa del chico,
ni mucho menos su rechazo. Es cierto, ignoraba como lo tomaría
Harry, pero simplemente estaba harto de querer pretender ser lo que no
era. Por que ni era tan noble, ni era tan generoso, ni mucho menos eran
esplendido, sino que todo lo contrario era completamente egoísta.
En ese momento de mi vida, comprendí los variados reclamos que
Bill me dijo varias veces, sobre la correa que tenia sobre mi cuello Sirius,
que solo tenia que jalar un poco y yo, tarde o temprano regresaba a sus
pies, reclamando atención, caricias entre mezclados con arañazos
y mordidas.
No
pude detenerme, ni quería hacerlo, solo correr a buscar a Bill,
quien me recibió con la calida sonrisa de su repertorio, el olor
a tabaco en su piel y sabor a clavo en su boca, mezclado con el grog que
bebíamos.
Mi
pettit había crecido, madurado, se había convertido en un
buen amante que quitaba la respiración en un beso húmedo
y sin prisa. Me dejó impresionado, un par de meses sin tenerle
y esa boca se abrió para mi, gustosa de ser saboreado por mi lengua.
Me
mostró cuanto había aprendido y era generoso en enseñármelo.
Me hizo gemir con su boca en mi miembro, en solo un par de lengüeteada.
¡Lo
amé como nunca antes lo hice! Con la total entrega de los jirones
de mi alma, que tanto se había fracturado en el camino. Le amé,
consciente ambos de que al marcarlo, lo haría mi cachorro, me convertiría
en su alfa y habría una nueva etapa en nuestra relación.
Se
dejó poseer, consumir por mi pasión, mi entrega. Cedió
su lugar de posesión, para conocer como era yo cuando embestía
sobre sus caderas. Gemimos, aullamos sin control por esa aceptación
mutua. Le encadenaba a mi vida, a mi maldición, a mis brazos.
Gritó
que me amaba y no tuve más que creerle y confesar en voz alta que
también yo lo amaba. Que había aprendido hacerlo en el camino,
cometiendo errores, lastimando quizás a otros, pero que encontraría
la manera de no repetir esas heridas. Con Bill me sentía un jovencito,
rejuvenecido, juguetón, que se sorprendía de cosas simples,
como el jugar con su cabello o intentar contar las pecas de su espalda
o en tomarse fotos en lugar reducidos muggles. ¡No preguntes, ni
yo lo creería! Solo sé que salimos de una estrecha cabina,
con una tira de fotos del momento en que le lamía las orejas y
él se acomodaba sobre mi miembro. Terminamos con unas argollas
puestas en los pezones, una para cada uno. Quizás no tuviéramos
anillos normales con cuales formalizar nuestra relación, pero esas
aros era deliciosamente excitante, mas cuando podías lamerlo junto
con su pezón.
Bill,
despertaba mi lujuria ya olvidada, mis sueños de ser normal, feliz,
apasionado, tierno.
¿Piensan
que soy ruin, sórdido, una mala persona, por que me aprovechaba
del amor de ese jovencito hacia mi? ¿Qué era miserable,
por el hecho de disfrutar su compañía y sus besos? ¿Qué
mientras yo me deleitaba con encontrar a un ser que hiciera convocar toda
la ternura contenida en mi, otra sufría por mi engañó
y mis mentiras?
Quizás,
si. Un poco de todo eso soy. Soy egoísta, solo pensando un poco
en mi. Pero déjenme decirles, que pase años sufriendo por
ese amor a Sirius, que languidecí hasta casi secarme, que no tuve
de él ni la más mínima señal de necesitarme,
mientras estuvo en Azkaban. Que ahora, nuestra supuesta relación
era un fachada de conveniencia y costumbre. Sirius necesita de alguien
que realmente le amé. No alguien como yo.
No
voy a justificarme mas. Solo diré que lo poco que aun conservaba
de la amistad y el aprecio de Sirius, se fue al traste cuando agredió
a Bill en Grimould, días después. Lo lastimó, lo
crucio y si no estoy muy seguro de lo que hubiera sucedió si no
llego a tiempo. Rescate a mi petti, lastimado, sangrando y con visibles
contusiones causadas por los hechizos que Sirius utilizó. La excusa
de sus actos, fue infantil. Que lo arrojara a la calle a mal morir. Sirius
es un Black, con una educación que difícilmente puede olvidar,
pudiendo ser tan cruel cuando quería. Lo llamaba despectivamente
comadreja.
Saquee
a Bill de ahí como pude, alejándolo de esa casa, de Sirius
e intentando mitigar el dolor sobre su cuerpo. Me resultó tan doloroso
a mí verlo en ese estado, sufriendo por dar la cara y enfrentar
a Sirius, como ni yo mismo había hecho anteriormente. Eso fue la
gota que derramó el vaso. Podía aceptar que Bill no fuera
de su agrado y mucho menos que fueran amigos alguna vez, pero lastimarlo,
era agredirme a mi.
Sirius
y yo peleamos. Nos gritamos tantos cosas, hartos uno del otro. Fastidiados
de estar encadenados a esa casa. Él mas que nada a su situación
de prófugo que vivía y a sentir que no le correspondía
en la misma medida que lo hacia. También yo grité, harto
de ser quien siempre lidiara con sus malos tratos, con sus constantes
cambios de humor, con su dolor que lograba mitigar, ni con la rabia que
era una gangrena que lo consumía poco a poco.
Le
grité que no lo quería mas en mi vida, no como amante, no
como pareja. Eso era asunto finiquitado. No mas, nunca mas. Por el bien
nuestro, por la salud mental de ambos. Salio a flote nuestras mentiras,
nuestros engaños, nuestros silencios y nuestras dudas. No solo
del año que vivimos juntos en Grimoulde, sino de asuntos que consideraba
hasta olvidados.
Era
una necesidad de vaciar nuestra alma de rencores y malos entendidos. Exhausto
de gritarnos, lo que suponía era que termináramos abrazados,
sollozando al hombro del otro, pero no sucedió. Él se negó
a dejar visible esa parte de su alma y yo no quise buscar entre la maraña
de odio y desprecio que veía en su mirada.
También
él, supongo se harto de mi. De mi enfermedad, de mis dolencias,
de mis miserias, de mis inconstancias, de mis engaños.
Después
de todo, era humano. Realmente Bill tenía razón, la luna
solo me reclamaba un día, me agota un par más, pero el resto
del tiempo soy una persona, con las debilidades, miserias y virtudes que
pudiera tener.
Nos
despedimos como amigos, esperando que el tiempo limara nuestras asperazas
y que reconciliáramos nuestra posición algún día.
Aunque eso estaba mas que lejos, en un futuro cercano, sobre todo por
que días después Bill y él tuvieron otro encuentro,
donde ahora, ya no tomaba desprevenido al petti. Kingsley actúa
prontamente y las cosas no pasaron a mayores. Pero ese par parecía
ser incompatible. Es posible que ambos se admiraran uno al otro. Por que
ambos tenían mucho en común, sin contar el color de los
ojos claro.
Ambos
consideraban las aventuras, el tomar riesgos, el vivir al borde, las travesuras,
los retos. Uno admiraba la experiencia y habilidades del otro, mientras
que la juventud y la libertad la codiciaba el otro. Y entre ambos, yo
era la manzana de la discordia. O mejor dicho, lo era.
Le
llamé la atención a ambos por ese proceder, donde se ponían
en riesgos innecesarios. Sobre todo a Bill, a quien no quería ver
mas lastimado por enfrentarse a Sirius. Reclamé lo más duro
posible, para dejarle claro mi posición como alfa y que no quería
más demostraciones de su lastimado ego. Le costaba trabajo aceptarlo,
pero confiaba que no habría mas disputas de mi persona, ni que
ellos harían demostraciones viriles de su interés.
Yo
solo quería que entre ellos, reinara una cordial relación.
Ambos son integrantes de la Orden y bastante mal seria las fricciones
entre nosotros. Lo mejor era mantener la distancia entre ellos y que Sirius
dejara de dar esas demostraciones ostentosas de su ego.
Como
una mala profecía, esta se cumplió en el lugar menos imaginado.
De
los fragmentos que fui armando entre varios que estuvieron ahí,
fue que Harry, por una falsa premonición, inducida por Voldemort,
creyó que Sirius era atormentado en el Ministerio y el chico se
vio en la necesidad de ir en su búsqueda. Todo resulto ser una
treta, en la cual hasta el elfo domestico de Grimoulde participó.
El
chico en su desesperación por no encontrar a Dumbledore, ni tener
asistencia de Snape, y de nadie mas de la Orden con quien comunicarse,
se traslado a Londres, al mismo Ministerio, acompañado de otros
de sus compañeros y amigos.
Cuando
nos enteramos, Dumbledore nos reunió rápidamente y nos dirigimos
al lugar. Sirius se veía demacrado, la sola idea de perder al chico
le causaba tal angustia. Yo no tenia palabras, ni cara para decirle nada.
Aun así, antes de salir me tomó del brazo y me susurró
que le alegraba que estuviera ahí, para apoyarlos.
“-Soy
tu amigo Sirius y también me preocupa Harry.
-Tu serás siempre mi amor, aunque no lo creas. Aunque yo no te
merezca…”
Lo
que vino después, arribando al Ministerio fue el caos. Empezamos
a defendernos, recién llegando, contra los mortifagos, quienes
increíblemente se encontraban en el edificio y que atacaban a Harry
y a los chicos. Fue una confusión entre los ataques, los gritos,
las maldiciones casi rozándonos. Por segundos parecía que
teníamos la victoria y después, súbitamente las cosas
volvieron al incoherencia, cuando corríamos por salones oscuros,
defendiéndonos al mismo tiempo que atacábamos.
En
unos minutos, los primos Black estuvieron frente a frente. Bellatrix siempre
tuvo contra Sirius un profundo odio y desprecio. Alimentado por sus ideas
extremas, la locura de estar también en Azkaban por años.
El Odio entre ambos, no hizo medir adecuadamente los riesgos a Sirius,
quien buscaba defender a Harry de los ataque de Bellatrix.
¡En
unos segundo, lo mas inverosímil, sucedió! Sirius tropezó,
no se si por un ataque frontal o distracción o por que aquella
fue mas rápida. ¡Solo sé que en una fracción
de segundo, un velo de muerte lo recibió!
¡Fue
tan rápido, tan inesperado, tan sorpresivo!, Bellatrix reía
como la loca que era. Harry le gritaba a Sirius y se afanaba por que aquel
le respondiera. ¡El chico ignoraba, lo que yo entendía cabalmente!
¡Había
perdido a Sirius y ninguno de los dos lo podría traer de vuelta!
Aun
en esa fracción de momento, la poca lucidez que tenía era
tomar a Harry y arrástralo fuera de ahí, para evitar que
en su desconcierto cruzara también el velo y con ello perderle.
¡El
chico gritaba y sollozaba por su padrino, gritando que mataría
a Bellatrix por eso! Diente por diente, era lo que buscaba. Los ataques
continuaron y hubo otros heridos, entre ellos algunos de los hermanos
de Bill y el chico Neville que estaba también ahí. La pequeña
Tonks, también fue herida y Kingsley buscaba protegerla. ¡Todo
era un caos, que terminó tan súbitamente como empezó!
Dumbledore ataco directamente a Voldemort, quien se había arriesgado
a ese allanamiento en el ministerio, por tener una profecía que
lo involucraba directamente con Harry. No tuvo, afortunadamente suerte
y la pequeña esfera que contenía la profecía se rompió.
Su ataque aparente inútil, tuvo bajas por ambos lados. En su caso,
fueron mortifagos que le servían lealmente, entre ellos a Malfoy
y otros mas cercanos. En nuestro caso, salvo los heridos, la muerte de
Sirius era lo mas devastador.
Esto
que ahora les cuento, sin aparente dificultad, es algo que he tenido que
procesar en estas ultimas horas. En las cuales, así como cuando
dicen que uno va a morir y que nuestra vida para rápidamente frente
a nuestros ojos, así se ha revelado para mi.
Oigo
la voz lejana de Molly, preocupada por sus hijos, por Tonks, por Sirius,
a quien después de todo era un pariente lejano suyo y que entre
ellos podrían existir fricciones, pero se toleraban mutuamente.
Una vez que le han informado que sus hijos están bien, solo queda
esperar por Tonks. Lo hacemos en el pasillo, cercano a su habitación.
Ninguna de las palabras de aliento de Molly logran sacarme de mi mutismo,
de mi desesperación, de la flagelación de culparme por no
haber sido mas rápido, mas hábil, mas listo, mas…..cualquier
cosa, para haber evitado que Sirius cayera en ese velo.
Me
culpó por no haberle dicho cuando le estimaba, por que nuestros
últimos encuentros fueron dolorosos y nos gritamos tanto que nadie
creería que éramos amigos y amantes.
“”-…..Tu
serás siempre mi amor, aunque no lo creas. Aunque yo no te merezca…””
Esas
fueron las ultimas palabras que tuvimos antes de salir de Grimoulde. Esas
palabras me rondaban miserablemente, por ser tan egoísta, por pensar
solo en mi, en mis necesidades, en mi angustias, en mis miedos. Me preguntaba,
si realmente me había preocupado por Sirius, como él lo
requería.
No
tengo respuestas simples. Podría decir que si, que lo intentaba,
pero quien me viera desde fuera, pensaría que arrojé la
toalla con demasiada rapidez y que no le di tiempo suficiente a Sirius
para enmendar, lo que yo creía que estaba mal en nuestra vida.
Sirius
me amaba, no había duda. Quizás, no como yo esperaba o necesitaba
que me amara, pero no por eso, era menos amor o falto de él.
Guardé
silencio, sin poder salir de mi mutismo. Mi dolor me consumía,
desgarraba el alma, pero tan acostumbrado estoy a eso, que lo afronte
como suelo hacerlo, en soledad. Es un mal habito de ser licántropo.
Con nadie puedes compartir el dolor de tus transformaciones y los completamente
humanos, no puede entenderlo, por mas que lo expliquemos. Entonces, ¿para
que esforzarme, si mi alma ya estaba empapada con mis lágrimas
y mi dolor? Sentí que mis lágrimas corrían por mi
cara, pero no me interesaba ni retirarlas, ni secarlas, ni mucho menos
evitarlas. Solo quería que fluyera el dolor, el veneno, la frustración,
el miedo.
Es
posible que continúe en ese estado por horas, no lo sé.
Solo hasta que el roce de una mano me guió para verle. ¡Bill
se encontraba a mi lado, preguntándome como me sentía, murmurando
palabras de consuelo por la pérdida, por mi estado, por mi condición
de doliente!. Dándome el consuelo de tenerlo a mi lado.
Por
primera vez, grité mi dolor, por la muerte de mi amigo. Por mi
torpeza, mi ineptitud. Golpee la pared con mis puños, buscando
lastimarme y alejar así el dolor del pecho.
Bill
evitó que siguiera flagelándome, abrazándose a mi
cuerpo. Entonces, me desplomé en su hombro, donde inicia a llorar
de nuevo en silencio. Balbuceaba mi torpeza, mi dolor, mi incapacidad
para cambiar el tiempo y salvarle.
No
hubo reclamos por parte de Bill, solo me dejo ser, me reconfortó
acariciando mi cabello, haciéndose presente en mi vida, en el preciso
instante en que sentía que caía en un pozo sin fondo.
Su
abrazo, era como un largo corte en mi brazo, para extraer algo de veneno
e impedir que me invadiera. Sus labios en mis mejillas, fuera el bálsamo
con el cual cubrió esa herida, para impedir que se infectara. Sus
palabras, era el ungüento para que no hubiera feas cicatrices.
Amé
a ese jovencito, por la lujuria, por el gozo a la vida que significaba,
por que me aferraba a vivirla en plenitud y ahora le amaba por su ternura
para consolarme en los peores momentos de mi vida. Ya fuera en las convalecencias
por las transformaciones o en los momentos en que me culpaba por el destino.
Su
madre nos encontró en esa posición, abrazados, Bill consolándome,
mientras yo me aferraba a su cuerpo para no caer, ni perderme en la oscuridad.
La
primera reacción de Molly ha sido de total sorpresa, se quedó
sin palabras y se ha sentado a un lado, con la cara consternada, de ver
a su hijo mayor en los brazos de otro hombre.
¿Qué
vendrá, después de esto? No lo sé. El destino es
incierto, no es un papiro para leer, ni una tablilla para descifrar. Es
una serie de eventos, buenos, malos, difíciles, dolorosos, dulces.
Todos revueltos en el mismo caldero. En ocasiones las proporciones de
estos ingredientes varían el resultado final de la poción,
sin embargo, todos son ingredientes de la receta y necesarios para preparar
esa poción llamada existencia.
Les
dije, que mi nombre es Remus John Lupin. Que soy maldecido por la licantropía.
Voy a corregir eso. Soy un ser un humano, imperfecto, que en el transcurso
de su vida, ha conocido el dolor, el miedo, la frustración, la
soledad. Que fue maldecido, pero que la vida se encargó de bendecirme.
En ocasiones, no doy gracias por eso. Pero ahora, las daré. He
encontrado en la madurez de mi vida, a un joven que me ha tomado de la
mano y ha tocado mi alma. No es solo lujuria. Quizás no me crean,
pero ya no voy a ocultarme más. Amó a Bill Weasley y no
me justificare ante ustedes, solo ante él seré responsable.
Soy su alfa, él, mi bendición.
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